Por Valerie Fritchie
Recuerdo cada una de tus primeras veces,
los primeros latidos de tu corazón,
el primer brillo en tus ojos,
el primer sabor de la vida,
la primera despedida triste,
recuerdo cada una de tus primeras veces,
las primeras lágrimas,
los primeros sonidos de tu risa,
el primer beso,
el primer «felices para siempre»,
la primera sonrisa, exactamente cómo sucedió,\
recuerdo cada una de tus primeras veces,
los primeros chorritos de agua,
los primeros días de verano,
las primeras veces que te arropé,
los primeros momentos descubiertos,
recuerdo cada una de tus primeras veces,
la primera vez que compartiste,
la primera vez que trepaste,
la primera vez que dijiste tus oraciones,
el primer momento de orgullo,
recuerdo cada una de tus primeras veces,
la alegría que traes a mi vida,
¿cómo podría olvidarlo?
Eres mi amor, mi bebé, mi vida.
Escribí este poema acerca de mis bebés. Lo he leído en reuniones de la iglesia y lo he incluido en regalos para nuevos padres. A menudo pienso en este poema como una descripción de la manera en que Dios nos ve como Sus hijos. Analicémoslo línea por línea.
Recuerdo cada una de tus primeras veces, los primeros latidos de tu corazón,
“Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre” (Salmo 139:13).
El primer brillo en tus ojos, el primer sabor de la vida, la primera despedida triste,
“¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas y esto lo sé muy bien!” (Salmo 139:14).
Recuerdo cada una de tus primeras veces, las primeras lágrimas, los primeros sonidos de tu risa, el primer beso, el primer “felices para siempre”, la primera sonrisa, exactamente cómo sucedió
“Mis huesos no te fueron desconocidos cuando en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era yo entretejido” (Salmo 139:15).
Recuerdo cada una de tus primeras veces, los primeros chorritos de agua, los primeros días de verano, las primeras veces que te arropé, los primeros momentos descubiertos, recuerdo cada una de tus primeras veces, la primera vez que compartiste, la primera vez que trepaste, la primera vez que dijiste tus oraciones, el primer momento de orgullo
“Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos” (Salmo 139:16).
Recuerdo cada una de tus primeras veces, la alegría que traes a mi vida, ¿cómo podría olvidarlo? Eres mi amor, mi bebé, mi vida.
“¡Cuán preciosos, oh Dios, me son tus pensamientos! ¡Cuán inmensa es la suma de ellos!” (Salmo 139:17).
Estoy segura de que Dios utiliza nuestras relaciones terrenales para mostrarnos los tipos de relaciones que podemos tener con Él. La crianza de los hijos es una de esas relaciones.
A veces Dios necesita que lo veamos como nuestro Padre. Él tiene la capacidad de acercarse a nosotros o de hacer que nosotros nos acerquemos a Él de la misma manera que ocurre en una relación entre padre e hijo.
A veces necesitamos levantar la mirada hacia Él con esos ojos tristes que dicen “lo siento” mientras pedimos perdón. A veces necesitamos que Él se acerque, nos rodee con Sus brazos amorosos y nos sostenga mientras lloramos.
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«Estoy segura de que Dios utiliza nuestras relaciones terrenales para mostrarnos los tipos de relaciones que podemos tener con Él. La crianza de los hijos es una de esas relaciones».
A veces podemos sentir la necesidad de acercarnos a Jesús de la misma manera que nos acercamos a nuestro hijo. Recordemos que Jesús vino a la tierra como un bebé, quizás para que pudiéramos acercarnos a Él sin temor.
Cuando buscamos a Jesús de esta manera, tenemos la oportunidad de mantenerlo cerca y conservarlo en ese lugar especial, tal como lo haríamos con nuestros propios hijos. Esto permite que nuestro corazón se conecte con Dios de una manera que nos resulta familiar y cómoda.
La relación con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo es la clave para vivir nuestra mejor vida cristiana. ¡Somos verdaderamente bendecidos de tener un Dios que nos ama y cuida tanto que nos muestra las relaciones de tantas maneras diferentes para asegurarse de que nadie quede excluido y que todos tengan la oportunidad de aprender a amarlo!
Más adelante, tomé este poema y lo convertí en un cuento corto. Realizar este proyecto me permitió profundizar en el amor de Dios por mí. Pensé que lo estaba escribiendo para mí misma como madre, pero resultó que Dios tenía en mente algo mucho más grande. Sin más preámbulos, permítanme presentarles: “¡Recuerdo!”.
¡Recuerdo!
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí para los primeros latidos de tu corazón. ¿Sabías que alguien ya pensaba en ti mucho antes de que llegaras a existir?
Yo sabía de ti. Pero, aún más importante que eso, Dios también sabía de ti. Dios sabía todo acerca de ti antes de que nacieras. ¡Y lo mejor es que no solo sabía de ti, sino que también te conoce! Él es un Dios muy, muy grande con un plan muy, muy grande para tu vida (Jeremías 1:5).
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí para ver los primeros destellos en tus ojos. ¡Oh, cómo recuerdo mirar tu dulce carita! Mi corazón rebosaba de amor, y me maravillaba pensar cómo podía amar tanto a alguien a quien acababa de conocer.
Pero, aún más importante que eso, ¡Dios también te ama! El amor de un padre es para siempre. Pero Dios es un Dios muy, muy grande, y Su amor por ti es aún más grande de lo que puedas imaginar (Números 6:24–26).
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«Dios también sabía de ti. Dios sabía todo acerca de ti antes de que nacieras. ¡Y lo mejor es que no solo sabía de ti, sino que también te conoce!»
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí para tus primeras lágrimas y los primeros sonidos de tu risa. Todavía puedo escuchar tu risa resonando entre las paredes de nuestro hogar. Estuve allí para tu primera sonrisa y recuerdo exactamente cómo sucedió. Pero, aún más importante que eso, ¡Dios también estuvo allí para todas esas cosas!
El corazón de un padre se llena de orgullo y ternura. Pero Dios es un Dios muy, muy grande, y está orgulloso de ti de una manera tan inmensa que quizás nunca llegues a comprenderla por completo, y no pasa nada (Salmo 56:8; Salmo 126:5).
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí para tu primer baño. Lo recuerdo porque tú gritaste, yo lloré y, más tarde, cuando estabas acurrucado en tu toalla cálida y suave, todos respiramos profundamente porque habíamos logrado superarlo. Pero, aún más importante que eso, nuestro Dios muy, muy grande siempre está allí para envolverte en Sus enormes brazos. Él te recordará cada día, una y otra vez, que eres Su hijo (Deuteronomio 33:27).
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí las primeras veces que te arropé. Lo recuerdo porque te arropábamos tan apretadamente que pensé que no podrías respirar. Ahora nos reímos de ello, pero durante aquellas primeras noches mientras dormías, entrábamos a tu habitación solo para asegurarnos de que estuvieras respirando. Y desde entonces, en cada momento, nos has dejado sin aliento. Pero, aún más importante que eso, nuestro Dios muy, muy grande —quien sopló en ti el mismo aliento de vida— también anhela esos momentos en los que tú lo dejas sin aliento (Génesis 2:7).
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí la primera vez que compartiste. Lo recuerdo porque querías que mamá y papá probaran un poco de tu puré de guisantes. ¡No pasó mucho tiempo antes de que hubiera puré de guisantes por todas partes: ¡sobre ti, sobre nosotros y por toda la cocina! Pero, aún más importante que eso, nuestro gran Dios siempre está allí para limpiar cualquier desastre en el que te metas. Y no te preocupes; Él no te regañará. En cambio, será como si nunca hubieras causado aquel desastre (Mateo 14:13–21).
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí la primera vez que caminaste. Lo recuerdo porque era la mañana de Navidad y caminaste hacia un juguete grande y brillante que te encantaba. Pero, aún más importante que eso, nuestro Dios muy, muy grande quiere compartirlo todo contigo y caminar siempre a tu lado, tomándote de la mano (Miqueas 6:8), o incluso llevarte a cuestas cuando estés demasiado cansado, o quizás simplemente por diversión.
Recuerdo cada una de tus primeras veces. Estuve allí la primera vez que dijiste tus oraciones. Lo recuerdo porque, en un momento en el que no quería pensar en las palabras “Si muriera antes de despertar, ruego al Señor mi alma guardar”, cambié las palabras para que no te pusieran triste. Así que, cuando orábamos cada noche, nuestras palabras pasaron a ser: “Que Tu amor me acompañe durante la noche y me despierte con la luz de la mañana”.
Siempre pensabas en todos al momento de orar: incluso en tus mantas, almohadas y todos tus animales de peluche. Pero, aún más importante que eso, nuestro Dios muy, muy grande escuchó cada una de aquellas oraciones. Y no solo eso, sino que las atesora todas en Su corazón (Apocalipsis 5:8).
Recuerdo cada una de tus primeras veces. ¡Oh, la alegría que traes a mi vida! ¿Cómo podría olvidarlo? Eres mi amor, mi bebé, mi vida. Pero, aún más importante que eso, ¡eres la alegría más grande que Dios podría desear! Espero y oro para que siempre lo recuerdes (Juan 15:11).
Aprender y edificar
Esta historia está llena de maneras en las que nuestro Dios nos ama y piensa en nosotros. Qué Dios tan maravilloso servimos, que puede tomar algo tan importante como la crianza de los hijos y convertirlo en maneras de aprender y edificar nuestra relación con Él.
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«Qué Dios tan maravilloso servimos, que puede tomar algo tan importante como la crianza de los hijos y convertirlo en maneras de aprender y edificar nuestra relación con Él».
Los dejo ahora con las palabras de una antigua canción infantil: “Nuestro Dios es tan grande, tan fuerte y poderoso. No hay nada que nuestro Dios no pueda hacer”.
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Valerie Fritchie es candidata ministerial de la Conferencia Crossroads y sirve en la Iglesia Metodista Libre Mars Hill, en Indianápolis. Fritchie y su familia han asistido a Mars Hill FMC durante más de 20 años. Es cristiana desde los 5 años, edad en la que también decidió bautizarse. Ella y su esposo, Michael, tienen tres maravillosos hijos adultos jóvenes que sirven a su país. También es maestra y cuenta con una maestría en enseñanza de idiomas. Uno de sus mayores logros es la publicación de un libro infantil, ‘Promise Me We Will Dance in the Rain [Prométeme que bailaremos bajo la lluvia]”. Resume su vida con una sola palabra: bendecida.