Por Michael L. Forney
Cerca del comienzo de Ruthless Trust, Brennan Manning cuenta la historia de John Kavanaugh, un especialista en ética cristiana que viajó a Calcuta para pasar varios meses trabajando con la Madre Teresa. Kavanaugh se encontraba en una encrucijada en su vida. Quería saber qué quería Dios que hiciera con su futuro. Cuando la Madre Teresa le preguntó cómo podía orar por él, su respuesta fue sencilla: Ora para que tenga claridad.
Parece una oración perfectamente razonable. Dios, muéstrame qué hacer. Aclara el camino. Ayúdame a entender. La Madre Teresa lo sorprendió al negarse. No oraría para que tuviera claridad. Kavanaugh protestó diciendo que ella siempre parecía poseer precisamente la claridad que él buscaba. Ella le explicó que nunca había poseído claridad de la manera en que él se refería. Lo que sí había poseído era confianza. Así que, en lugar de orar para que Kavanaugh tuviera claridad, oraría para que confiara en Dios.
Entiendo a Kavanaugh. Me gusta la claridad. Me gusta saber hacia dónde van las cosas. Quiero entender qué está sucediendo, qué significa y qué debo hacer al respecto.
La claridad parece cada vez más difícil de encontrar. Pensemos en cuánto ha cambiado desde enero de 2020. La pandemia aceleró los cambios en nuestra manera de trabajar, comprar, adorar, comunicarnos y relacionarnos unos con otros. La inteligencia artificial ha pasado de los márgenes de la conversación tecnológica a la vida cotidiana. Las normas sociales están cambiando. Instituciones que antes parecían inamovibles están sometidas a una enorme presión. Los acontecimientos mundiales afectan a las comunidades locales casi de inmediato. Para muchos de nosotros, el mundo que conocíamos hace apenas unos años ya se siente extrañamente lejano.
Hay un lenguaje que puede ayudarnos a entender por qué.
Cuando el mundo acelera
El acrónimo VUCA se ha utilizado durante décadas para describir entornos caracterizados por la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad. La volatilidad significa que las circunstancias cambian rápidamente. La incertidumbre significa que el futuro es difícil de predecir. La complejidad significa que las cosas que afectan nuestra vida están cada vez más interconectadas. La ambigüedad significa que, a menudo, no sabemos qué significan los acontecimientos hasta más adelante. En conjunto, suenan notablemente parecidos al mundo que habitamos.
Pero VUCA describe nuestra experiencia más de lo que la explica. El sociólogo alemán Hartmut Rosa ofrece otra idea que me ha resultado útil: la aceleración social. Rosa sostiene que la vida moderna está experimentando varios tipos de aceleración al mismo tiempo. La tecnología se está acelerando. El cambio social se está acelerando y el ritmo de la vida cotidiana se está acelerando.
Experimentamos la aceleración tecnológica cada vez que algo que parecía imposible hace unos años se vuelve común. Pero la tecnología no cambia de manera aislada. A medida que cambia la tecnología, cambia nuestro trabajo. Cambian las instituciones. Cambian las relaciones. Cambian las expectativas culturales. Lo que sabemos queda obsoleto con mayor rapidez.
Y entonces respondemos a todo ese cambio acelerándonos nosotros mismos. Intentamos hacer más en menos tiempo. Consumimos más información. Respondemos más mensajes. Seguimos más acontecimientos. Trabajamos más arduamente solo para mantenernos al día. Corremos cada vez más rápido simplemente para permanecer donde estamos. No es de extrañar que tantas personas se sientan agotadas. Quizás una manera de describir lo que está sucediendo sea esta: la vida media de la certeza se está reduciendo.
Algo más sucede cuando la certeza se vuelve más difícil de obtener. Comenzamos a anhelarla.
Nuestro afán a la certeza
Cuando el mundo se vuelve incierto, naturalmente buscamos algo que vuelva a hacerlo manejable. Una de las principales maneras en que lo hacemos es mediante la información. Así que leemos otro artículo. Revisamos otro canal de noticias. Escuchamos otro pódcast. Vemos otro video. Consultamos a otro experto. Miramos otra proyección.
No hay nada malo en la información. Comprender es importante. Las Escrituras elogian la sabiduría, el conocimiento y el discernimiento. Pero puede suceder algo sutil. Nuestro deseo de comprender puede convertirse en un intento de controlar. Si tan solo logro recopilar suficiente información, quizás pueda averiguar qué viene. Si puedo averiguar qué viene, puedo tomar las decisiones correctas. Si tomo todas las decisiones correctas, quizás pueda mantenerme a salvo a mí mismo y a las personas que amo.
Con el tiempo, terminamos pidiéndole a la información que nos proporcione algo que no puede darnos. Seguridad.
Aquí es donde una antigua enseñanza de sabiduría se vuelve notablemente contemporánea:
“Confía en el SEÑOR con todo tu corazón;
no dependas de tu propio entendimiento.
Busca su voluntad en todo lo que hagas,
y él te mostrará cuál camino tomar.
No te dejes impresionar por tu propia sabiduría.
En cambio, teme al SEÑOR y aléjate del mal” (Proverbios 3:5-7, NTV).
Observemos dónde comienza el pasaje. No comienza con el entendimiento. Comienza con la confianza. “No dependas de tu propio entendimiento” no significa que no debamos pensar. Dios nos dio una mente. Las Escrituras nos dicen repetidamente que busquemos sabiduría. La gracia de Dios no destruye nuestra capacidad de razonar; la gracia la restaura y la reorienta.
El problema no es tener entendimiento. El problema es depositar todo el peso de nuestra vida sobre él.
Pensemos en un pasamanos junto a una escalera empinada. Puedes ver el pasamanos. Puedes examinarlo. Puedes entender para qué sirve. Pero cuando apoyas tu peso sobre él, haces algo más. Te apoyas en él.
Confías en que te sostendrá. Dios no nos está diciendo que no usemos nuestro entendimiento. Nos está diciendo que no le pidamos a nuestro entendimiento que sostenga el peso de nuestra vida. Porque no puede hacerlo.
Nosotros tenemos una pieza. Dios ve la imagen completa.
Imagina darle a un niño de 10 años una pieza de un rompecabezas de 5000 piezas. La pieza es azul.
“¿Cuál es la imagen?”
“El océano”.
Quizás.
O tal vez sea el cielo. Podría ser la camisa de alguien. Un automóvil. Un pájaro.
El niño no es insensato porque ve azul. Realmente ve azul. El problema comienza cuando supone que, porque puede describir correctamente la pieza, comprende la imagen completa.
A menudo nos encontramos en la misma situación. Nosotros tenemos una pieza. Dios ve la imagen completa. Pablo reconoció esta limitación cuando escribió: “Todo lo que ahora conozco es parcial e incompleto” (1 Corintios 13:12, NTV).
Eso no significa que no sepamos nada. La humildad no requiere que neguemos lo que sabemos. Requiere que reconozcamos los límites de lo que sabemos.
Podemos ser inteligentes y aun así estar equivocados. Podemos tener experiencia y aun así pasar algo por alto. Podemos estudiar un asunto cuidadosamente y aun así tener algo que aprender. Incluso podemos tener razón acerca de lo que vemos y estar equivocados acerca de lo que significa.
Esta última posibilidad adquiere cada vez mayor importancia en un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo.
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«La humildad no requiere que neguemos lo que sabemos. Requiere que reconozcamos los límites de lo que sabemos».
Cuanto más rápido cambia nuestro entorno, menos confiables se vuelven las suposiciones de ayer para predecir el mañana. Y, sin embargo, nuestra respuesta suele ser redoblar nuestra confianza en nuestra capacidad para comprenderlo y controlarlo.
Quizás parte de nuestro agotamiento no provenga simplemente de cuánto está cambiando el mundo. Parte de él proviene de intentar obtener un nivel de certeza y control que Dios nunca nos prometió.
Entender los tiempos, pero no apoyarnos en nuestro propio entendimiento
Esto crea lo que inicialmente parece ser una interesante tensión bíblica. Proverbios nos dice que no dependamos de nuestro propio entendimiento. Pero, escondido en una lista en 1 Crónicas, encontramos a un grupo de personas a quienes se elogia específicamente porque entendían. Israel atravesaba una transición turbulenta. El reinado de Saúl había terminado y se necesitaba un sucesor. Algunos reconocían a David como rey, mientras que otros miraban hacia la línea de Saúl. Las tribus estaban tomando partido y la posibilidad de un conflicto era muy real.
En medio de aquel momento, el Cronista nos habla de los hombres de Isacar, “que entendían los tiempos y sabían lo que Israel debía hacer” (1 Crónicas 12:32). No solo sabían lo que estaba sucediendo. Comprendían su significado y sabían cómo responder.
Entonces, ¿cuál de las dos cosas es? ¿Debemos entender los tiempos o no apoyarnos en nuestro entendimiento? Ambas.
Dios nunca nos pide que ignoremos la realidad. La fe no es negación. Debemos prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor. Debemos estudiar. Pensar. Escuchar. Aprender. Hacer preguntas. Buscar sabiduría. Pero entender los tiempos requiere algo más que información acerca de los tiempos.
“Porque el SEÑOR da la sabiduría; de su boca proceden el conocimiento y el entendimiento” (Proverbios 2:6). Pablo oró para que los cristianos de Colosas fueran llenos “del conocimiento de su voluntad mediante toda la sabiduría y el entendimiento que da el Espíritu” (Colosenses 1:9).
Hay un tipo de entendimiento que surge de la dependencia. Eso requiere que renunciemos a la ilusión de la autosuficiencia.
De la autosuficiencia a la dependencia
Nuestra cultura valora la independencia. Admiramos a las personas que pueden resolver las cosas por sí mismas.
Pero la madurez cristiana no nos lleva hacia una mayor autosuficiencia. Nos lleva hacia una dependencia más profunda de Dios y una interdependencia más saludable unos con otros. Esto requiere humildad.
No sabemos lo que no sabemos. A veces, la respuesta de Dios a nuestra oración por sabiduría es otra persona que ve algo que nosotros no podemos ver.
Proverbios dice: “Los necios creen que su propio camino es el correcto, pero los sabios prestan atención a otros.” (Proverbios 12:15, NTV). Observemos que allí la sabiduría no se demuestra sabiendo más. La sabiduría se demuestra escuchando. Necesitamos las Escrituras. Necesitamos la oración. Necesitamos al Espíritu Santo. Y nos necesitamos unos a otros. Eso es particularmente importante cuando el mundo está cambiando rápidamente, porque todos nosotros vemos solo una parte de la imagen.
El objetivo no es reemplazar la autosuficiencia con una versión espiritualizada del individualismo en la que simplemente supongo que cada pensamiento que tengo provino del Espíritu Santo. Escuchamos juntos en comunidad. Examinamos lo que oímos. Seguimos dispuestos a aprender. Y confiamos en que el Espíritu de Dios todavía es capaz de guiar al pueblo de Dios.
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«A veces, la respuesta de Dios a nuestra oración por sabiduría es otra persona que ve algo que nosotros no podemos ver».
Fidelidad sin predicción
Durante mucho tiempo, muchos de nosotros aprendimos a abordar el futuro mediante alguna variación de predecir, planificar y controlar. Recopilar suficiente información para predecir lo que probablemente sucederá. Desarrollar un plan. Ejecutar el plan con el suficiente cuidado como para producir el resultado. Hay sabiduría en la planificación. Pero ese enfoque se vuelve menos confiable cuando el cambio se acelera y nuestras suposiciones caducan con mayor rapidez.
Quizás necesitemos una postura diferente. Prestar atención. Escuchar. Aprender. Dar el siguiente paso fiel.
Y permanecer dispuestos a hacer ajustes a medida que Dios nos enseña.
En mi trabajo de liderazgo, he encontrado esto como un ciclo de percibir, aprender, experimentar y adaptarse. Pero cada vez creo más que describe algo mucho más profundo que una técnica de liderazgo. Describe una postura de dependencia del Espíritu Santo.
Prestamos atención a la realidad mientras pedimos discernimiento al Espíritu. Permanecemos dispuestos a aprender y permitimos que el Espíritu cultive la humildad. Damos pasos fieles con valentía, aun cuando no tenemos certeza acerca del resultado. Y permanecemos abiertos a la sabiduría del Espíritu, quien nos ayuda a reconocer lo que debe cambiar y lo que nunca debe cambiar.
Esto no es pasivo. Los hombres de Isacar entendían los tiempos y sabían lo que Israel debía hacer. El entendimiento condujo a la acción.
Pero actuar fielmente no requiere una predicción perfecta. Gastamos enormes cantidades de energía tratando de posicionarnos para un futuro que no podemos ver. Quizás nuestro llamado sea más sencillo. Ser obedientes a Dios en el presente y confiar en que Él nos posicionará para el futuro.
Después de todo, el presente es el único lugar donde la obediencia es posible. No puedo obedecer a Dios ayer. No puedo obedecer a Dios mañana. Puedo escucharlo y obedecerlo ahora. Eso no me da control sobre lo que sucederá después. Pero quizás el control sobre lo que sucederá después nunca fue mío. Nuestro único control real es la postura que escogemos ante Dios en el presente.
¿Me aferraré al control? ¿Retrocederé con temor? ¿Insistiré en que Dios se explique antes de confiar en Él? ¿O me rendiré?
Un mejor lugar donde permanecer
Esto nos lleva de regreso a John Kavanaugh. Fue a la Madre Teresa buscando claridad acerca de su futuro. Entiendo por qué. Probablemente yo habría pedido lo mismo. Pero ella le ofreció algo mejor.
Confianza. Hay una diferencia importante entre certeza y seguridad. La certeza dice: Sé lo que va a suceder. La seguridad dice: Sé en quién estoy confiando.
Nuestra seguridad no está arraigada en nuestra capacidad de interpretar correctamente cada cambio cultural, anticipar cada avance tecnológico, comprender cada movimiento social o predecir cómo será el mundo dentro de cinco años. Nuestra seguridad está arraigada en el carácter de Dios. “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre” (Hebreos 13:8).
El mundo puede ser volátil. Dios es fiel. El futuro puede ser incierto. Dios está presente. Nuestros problemas pueden ser complejos. La sabiduría de Dios no se agota. El momento puede ser ambiguo. El Espíritu Santo continúa hablando y guiando. Por eso los cristianos podemos enfrentar con esperanza un mundo que se acelera.
No porque lo entendamos todo. No porque podamos predecirlo todo. Ciertamente no porque lo controlemos todo. Tenemos esperanza porque el mundo puede estar acelerándose más allá de la capacidad humana, pero no se ha acelerado ni se acelerará más allá de la capacidad de Dios.
El mismo Espíritu que capacitó a la iglesia primitiva en medio de una enorme agitación cultural está presente con nosotros. Dios no cometió un error al colocarnos en este momento de la historia. Quizás no necesitemos pedirle a Dios que haga que el futuro sea lo suficientemente predecible como para que podamos navegarlo por nuestra cuenta.
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«El mismo Espíritu que capacitó a la iglesia primitiva en medio de una enorme agitación cultural está presente con nosotros. Dios no cometió un error al colocarnos en este momento de la historia».
Quizás necesitemos una oración diferente.
Señor, ayúdanos a prestar atención.
Mantennos lo suficientemente humildes como para escuchar.
Danos sabiduría para entender lo que podamos y gracia para confiarte lo que no podamos entender.
Enséñanos a escuchar a tu Espíritu a través de las Escrituras y unos de otros.
Y danos valor para obedecerte ahora.
No necesitamos suficiente claridad para controlar el futuro. Necesitamos suficiente confianza para seguir al Espíritu hacia él. +
