Por Denny Wayman

Imagina que mañana por la mañana decidieras convertirte en un experto en inteligencia artificial. ¿Qué harías para lograrlo?

Supongo que, como cristiano, podrías decir: “Oraría para convertirme en un experto en inteligencia artificial”. Quiero dejar claro que amo la oración, y que la oración puede cambiar mucho más de lo que tú y yo podríamos siquiera imaginar. La oración podría ayudarnos a estar receptivos a esta nueva realidad.

Pero ¿es así como Dios suele obrar? ¿Produce Dios un cambio en nuestro cerebro de una manera casi mágica, de modo que adquiramos instantáneamente conocimientos sobre computadoras, códigos, matemáticas y máquinas? ¿Es así como Dios creó la mente y el proceso de maduración y educación?

Supongo que entonces nos daríamos cuenta de que necesitamos leer un libro. Podríamos descubrir, a través de los escritos de los especialistas, lo que han aprendido los programadores e investigadores experimentados, cómo funciona la inteligencia artificial y cómo no funciona. Podríamos acceder a “repositorios de código” y asistir a conferencias y congresos. Leer y escuchar son quizás las formas más eficaces de aprender, al combinar nuestra voluntad con las palabras mientras exploramos la amplitud del conocimiento académico y aprendemos el vocabulario y los sistemas de esta profunda nueva forma de vida artificial que se está creando.

Pero, si realmente queremos convertirnos en expertos maduros en inteligencia artificial, pronto nos daríamos cuenta de que no podemos conformarnos con leer palabras escritas en papel que, por definición, se refieren a lo que ya ha sucedido. Debemos participar en las conversaciones del presente conviviendo con quienes están inmersos en el proceso de creación de la inteligencia artificial. Debemos relacionarnos personalmente con los autores, compartir comidas con los programadores y pasar largas veladas conversando con los investigadores. Debemos celebrar los momentos de descubrimiento y lamentar las decepciones de los fracasos en tiempo real. Debemos llegar a ser uno con quienes recorren el mismo camino para convertirse en expertos maduros que ayudan a dar a luz a la inteligencia artificial en este momento de su nacimiento.

Formando discípulos maduros

A estas alturas, quienes leen estas palabras sin duda se habrán dado cuenta de que no estamos hablando tanto de cómo convertirse en un participante maduro en la creación de la inteligencia artificial, sino de cómo Dios obra para formar un discípulo maduro que participa en la formación de otros discípulos. Espero que sea útil reconocer que los caminos de Dios son comprensibles, incluso cuando el objetivo es desarrollar una nueva criatura eterna en lugar de una nueva inteligencia artificial.

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 «Debemos celebrar los momentos de descubrimiento y lamentar las decepciones de los fracasos en tiempo real».

 

A menudo, como pastor, me he encontrado con personas que piensan de una manera más mágica que teológica. No es que consideraran el crecimiento en Cristo como un engaño de prestidigitación, sino que malinterpretaban el sencillo proceso del discipulado, considerándolo abrumador, confuso y complejo. No reconocían que los patrones habituales de crecimiento que se observan en toda la creación también están presentes en su vida cristiana. En cambio, buscaban lo asombroso, lo instantáneo y lo inexplicable.

En la analogía anterior, reconocemos tres niveles de actividad que conducen a la madurez de un discípulo. El primero es la disposición a recibir lo que Dios tiene para nosotros. La oración suele ser el primer ámbito en el que esto se hace evidente, cuando el nuevo creyente comienza a orar para que Dios realice su obra de maduración en su corazón. Pero la disposición está presente en cada nivel del proceso de discipulado: la disposición a leer el Libro y otros libros, la disposición a sumergirse en la comunidad y la disposición a formar parte del proceso de dar a luz a nuevos discípulos que van madurando.

Una vez que existe esa disposición, no son las ilusiones las que producen madurez, sino la adquisición metódica de conocimiento, sabiduría y experiencia. Esto se logra, en primer lugar, convirtiéndonos en estudiantes de la Palabra, no como un documento histórico, sino como una recopilación de las experiencias y los testimonios de quienes han recorrido el camino antes que nosotros. La mente no se transforma de manera mágica ni instantánea, sino mediante el estudio disciplinado de la Palabra inspirada y de los eruditos cuyos comentarios aportan contexto y contenido cognitivo.

Luego, a medida que la mente y el corazón trabajan juntos, nuestra disposición a madurar como discípulos nos lleva a vivir en comunidad con quienes también participan activamente en el proceso de ser y llegar a ser discípulos de Jesús, sumergiéndonos en el amor de Dios Todopoderoso que todo lo impregna: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tal como señalamos en nuestra analogía sobre cómo llegar a participar con verdadera madurez en el nacimiento de la inteligencia artificial, compartir la vida con personas cuyo ser más profundo está siendo transformado para llegar a ser como Cristo nos permite reforzar, mediante las relaciones, este proceso natural de crecimiento en nuestro interior.

Una persona que vive aislada de la comunidad de fe, sin el amor correctivo de la comunidad, se vuelve innecesariamente idiosincrásica, centrada en sí misma y estancada en su discipulado.

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 «La mente no se transforma de manera mágica ni instantánea, sino mediante el estudio disciplinado de la Palabra inspirada y de los eruditos cuyos comentarios aportan contexto y contenido cognitivo».


Discípulos que forman discípulos

Finalmente, tal como ocurre con todo crecimiento en el reino de Dios, los seres vivos dan a luz a otros de su misma especie. Los discípulos de Jesús forman discípulos de Jesús.

Es así de sencillo. No necesitamos crear nuevas formas complicadas de hacer discípulos, sino simplemente ser discípulos que forman discípulos, tal como lo ha hecho la comunidad de fe durante miles de años.
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Denny Wayman, doctor en Ministerio, sirvió durante 40 años como pastor principal de la Iglesia Metodista Libre de Santa Bárbara y durante 10 años en el equipo de superintendentes (ocho de ellos como superintendente principal) de la Iglesia Metodista Libre del Sur de California. Es autor de “Healthy Biblical Communities [Comunidades bíblicas saludables]” y de la trilogía sobre el discipulado “Discipleship Ecosystem [Ecosistema de discipulado]”, “Toxic Discipleship [Discipulado tóxico]” y “Rootbound [Raíces confinadas]”. Está casado con Cheryl, terapeuta matrimonial y familiar con licencia profesional.

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