Por Katie Cichoski

En muchas iglesias, la soltería se trata menos como una forma permanente de vida y más como una condición temporal: un breve espacio entre la adolescencia y la vida real. Esta actitud suele manifestarse de manera sutil y sin mala intención, en ilustraciones de sermones que dan por sentado el matrimonio como la norma, en grupos pequeños organizados en torno a familias nucleares y en oraciones espontáneas pidiendo a Dios que le conceda un cónyuge a alguien, como si ese fuera el siguiente paso hacia una vida plena.

Con el tiempo, estos patrones han dado forma a una narrativa implícita. El matrimonio representa la llegada, y las personas solteras están esperando. Sin proponérselo, muchas personas solteras han comenzado a sentir que viven en los márgenes de lo que la iglesia considera una vida completa. Esta narrativa no solo afecta a los jóvenes o a quienes permanecen solteros por decisión propia, sino también a quienes han sido solteros toda la vida, a las personas divorciadas, a las viudas, a quienes practican el celibato por convicciones teológicas y a muchos que no saben si el matrimonio formará parte de su historia. El resultado de esta narrativa no es necesariamente la exclusión, sino más bien una sensación de pasar inadvertidos o de estar incompletos.

Sin embargo, en la iglesia primitiva vemos algo completamente distinto. En Hechos 2, la iglesia se describe no como una colección de hogares organizados según el estado civil, sino como una vida compartida marcada por la devoción, la oración, el partimiento del pan y el cuidado mutuo. Las personas se reunían en las casas, pero no pertenecían únicamente a esas casas; se pertenecían unas a otras. Esto nos plantea una pregunta que vale la pena considerar: ¿Y si la iglesia nunca tuvo la intención de sentirse como una red de unidades familiares separadas, sino más bien como un único y amplio hogar donde el sentido de pertenencia proviene de la vida compartida en Cristo, en lugar del matrimonio y la familia nuclear?

El problema: la soltería como “mientras tanto”

Estas suposiciones sobre la soltería rara vez aparecen de manera explícita en la teología, sino en los ritmos de la vida de la iglesia. Muchas congregaciones no excluyen intencionalmente a las personas solteras, pero sus estructuras y su funcionamiento suelen organizarse en torno a matrimonios y familias. Con el tiempo, eso moldea la manera en que las personas solteras experimentan la participación en la vida de la iglesia. Se da por sentado que la amistad gira alrededor de unidades familiares ya existentes, en lugar de constituir por sí misma un centro estable de conexión; los grupos pequeños tienden a organizarse por categorías demográficas; la hospitalidad suele expresarse mediante invitaciones de una familia a otra, con menos prácticas intencionales que incluyan a quienes no tienen un hogar propio.

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 «¿Y si la iglesia nunca tuvo la intención de sentirse como una red de unidades familiares separadas, sino más bien como un único y amplio hogar donde el sentido de pertenencia proviene de la vida compartida en Cristo, en lugar del matrimonio y la familia nuclear?»

 

Los efectos no son únicamente estructurales, sino que también reflejan un ideal cultural más amplio que la iglesia parece haber absorbido sin cuestionarlo: las unidades familiares son el principal lugar de pertenencia. Esto se refleja en los supermercados, en las vacaciones, en las reuniones durante los días festivos y en muchos otros patrones cotidianos donde se da por hecho que la convivencia se organiza alrededor de parejas y familias, en lugar de una comunidad compartida.

Un nuevo enfoque teológico: la soltería como plena participación en el pueblo de Dios

 La pregunta, entonces, no es si la iglesia debe valorar el matrimonio y la familia, sino si ha permitido que esas categorías definan los límites del sentido de pertenencia. La Escritura se opone repetidamente a ese impulso al situar la identidad en el pueblo de Dios y no en la condición del hogar o del estado civil.

La reflexión de Pablo en 1 Corintios 7 es un ejemplo contundente de ello. En lugar de tratar la soltería como una deficiencia que debe corregirse, la presenta como una forma de vida válida e incluso ventajosa para una devoción indivisa al Señor. El punto no es que el matrimonio sea secundario, sino que ninguna de estas condiciones determina la plenitud de la participación de una persona en el reino de Dios.

Sin embargo, esta afirmación de la soltería nunca conduce al aislamiento. La visión que presenta el Nuevo Testamento acerca de la vida en Cristo se fundamenta constantemente en la comunidad. Incluso los comentarios de Pablo sobre la soltería están arraigados en una imagen profundamente interconectada del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:12–31), donde cada miembro depende de los demás. La soltería puede dar mayor libertad a una persona en ciertos aspectos, pero no la exime del llamado a compartir la vida con el pueblo de Dios.

Este mismo ensanchamiento del sentido de pertenencia aparece en la enseñanza del propio Jesús. Cuando redefine la familia en Marcos 3:33–35, no resta valor a la familia biológica, sino que muestra que esta no constituye la medida más profunda del sentido de pertenencia a la luz de una realidad superior: “El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Las relaciones familiares no son abolidas, sino ampliadas más allá de los límites de la estructura del hogar.

Considerados en conjunto, estos textos rechazan la idea de que la vida con Dios se viva principalmente a través del matrimonio y de la familia nuclear. Más bien, señalan hacia un pueblo formado por una lealtad compartida a Cristo, plenamente interdependiente, donde el sentido de pertenencia se fundamenta en la participación en la familia de Dios y no en la familia nuclear.

La visión: la iglesia como vida compartida y por dónde podemos comenzar

Si la Escritura rechaza reducir el sentido de pertenencia al estado del hogar, Hechos 2 nos ofrece una imagen de cómo ese sentido ampliado de pertenencia puede verse en la práctica. La iglesia primitiva se describe como un pueblo dedicado a la enseñanza, la comunión, el partimiento del pan y la oración, una vida compartida formada en torno a la adoración y al cuidado mutuo.

Lo que surge de esta visión no es un rechazo de la familia, sino un centro de gravedad distinto para el sentido de pertenencia. En lugar de la familia nuclear, la participación en la vida misma de la iglesia se convierte en la principal señal de una vida compartida. Se comparten las comidas, se atienden las necesidades y los recursos se ponen a disposición con una apertura que supera las fronteras entre los “de adentro” y los “de afuera”.

Esta visión también nos muestra lo que puede comenzar a cambiar en el presente. La hospitalidad puede dejar de ser principalmente una práctica entre familias para convertirse en una práctica más intencional de abrir espacios a quienes, de otro modo, no tendrían adónde ir. La amistad puede reconocerse no como algo secundario frente a la vida familiar, sino como una parte esencial de nuestra vida relacional y espiritual. Los ritmos de la iglesia también pueden reflejar esta realidad al negarse a permitir que las unidades familiares se conviertan en el único principio organizador de la comunidad. Cuando Hechos 2 deja de ser solo un ideal y comienza a moldear nuestras prácticas, la iglesia se convierte en una vida compartida donde el sentido de pertenencia no depende del estado civil, sino que se fundamenta en la participación en el pueblo de Dios.

El desafío: recuperar la vida compartida

El objetivo de la iglesia, por tanto, no es elevar la soltería por encima del matrimonio ni disminuir la vida matrimonial, sino recuperar una visión de la iglesia en la que ni el matrimonio ni la soltería determinen la profundidad del sentido de pertenencia de una persona. Cuando nuestra identidad se encuentra en Cristo y nuestra familia es el pueblo de Dios, cada miembro de la iglesia tiene un lugar en la mesa, porque todos le pertenecemos a Él.

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 «Cuando nuestra identidad se encuentra en Cristo y nuestra familia es el pueblo de Dios, cada miembro de la iglesia tiene un lugar en la mesa, porque todos le pertenecemos a Él».

 

Si la iglesia ha de encarnar el testimonio de Hechos 2, debe convertirse en una comunidad donde la vida compartida sea más que un ideal. Debe reflejarse en nuestras amistades, en nuestra hospitalidad y en la manera en que nos cuidamos unos a otros en todas las etapas de la vida. En una comunidad así, la soltería deja de verse como una sala de espera antes de que comience la “vida real” y pasa a ser una de las muchas maneras en que un cristiano fiel puede participar plenamente en el reino de Dios. Porque la iglesia alcanza su mayor plenitud, no cuando cada uno de sus miembros encuentra un cónyuge, sino cuando cada uno encuentra un hogar entre el pueblo de Dios.
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Katie Cichoski ha asistido a la Iglesia Metodista Libre Monacrest durante 23 años y ha sido miembro de ella durante casi 10. En 2025 se graduó de Spring Arbor University con una licenciatura en Inglés, donde desarrolló su amor por la literatura y la escritura. Disfruta escribir poesía y ficción, y le apasiona explorar la fe, la comunidad y la condición humana por medio de la palabra escrita.

 

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