Por Corey Ross
“Pero cada uno tenga cuidado de cómo construye” (1 Corintios 3:10).
I. El momento presente
En mayo de 2026, el papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, una extensa reflexión sobre la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. En ella plantea una pregunta a toda clase de institución, religiosa y secular por igual: cuando las máquinas decidan cada vez más quién consigue un empleo, quién recibe un préstamo y quién es señalado para revisión, ¿seguiremos formando personas capaces de ejercer la conciencia, el juicio y el cuidado de los demás que ningún algoritmo puede proporcionar?
Su advertencia más profunda apunta en una dirección que rara vez esperamos. El peligro no reside tanto en que las máquinas lleguen a parecerse más a los seres humanos, sino en que los seres humanos lleguen a parecerse más a las máquinas, valorando de sí mismos únicamente aquello que un sistema puede medir, optimizar y, algún día, reemplazar.
Mis hermanos metodistas libres y yo leemos esta carta como herederos de la tradición wesleyana de santidad. No reclamamos una identidad católica, y la autoridad que una encíclica posee dentro de la Iglesia católica romana no nos vincula. Sin embargo, nada de eso nos impide recibir lo que aquí hay de bueno. Desde sus primeros días, el movimiento wesleyano reunió sabiduría allí donde pudo encontrarla, convencido de que “toda verdad es verdad de Dios”, y sometió esa sabiduría al examen de las Escrituras y de la sana razón.
John Wesley reunió una biblioteca cristiana de cincuenta volúmenes compuesta por autores católicos, ortodoxos y puritanos, y predicó un “espíritu católico” que estrecha la mano aun en medio de profundas diferencias, sin renunciar por ello a las convicciones. Recibir un regalo de una tradición vecina, examinarlo cuidadosamente y conservar aquello que resuena como verdadero no nos hace perder nada de lo que somos. De hecho, es una de las cosas más profundamente wesleyanas que podríamos hacer.
Leída de este modo, Magnifica Humanitas llega a nosotros menos como un desafío que como una confirmación en tiempos de presión. Sostiene que la inteligencia artificial nunca es moralmente neutral, que la dignidad humana no depende de lo que una persona puede producir y que ninguna computadora puede abarcar nuestras capacidades humanas más profundas. Nada de esto nos resulta nuevo.
Mi propósito es modesto y serio a la vez: leer la encíclica con justicia, señalar el terreno que compartimos y luego ir más allá, respondiendo a las grandes preguntas de este momento desde nuestro propio manantial, y no únicamente desde la enseñanza católica. Escribo para toda la Iglesia, porque la formación nunca pertenece solo al santuario. Ocurre alrededor de la mesa de la cocina y en el aula; en las herramientas que adoptamos y en las personas en quienes confiamos. No pretendo resolver estas cuestiones, sino presentarlas con claridad ante nosotros e invitarnos a pensar y, quizá, a actuar.
II. Lo que ve la encíclica
La encíclica comienza con dos escenas de las Escrituras. La primera es la torre de Babel, el proyecto de un pueblo que se propuso hacerse un nombre y alcanzar el cielo en sus propios términos, y cuya ambición terminó en confusión. La segunda es la reconstrucción de Jerusalén bajo el liderazgo de Nehemías, quien oró antes de planificar, inspeccionó las ruinas en silencio y asignó a cada familia su propia sección de la muralla. León presenta estas dos escenas como una auténtica encrucijada. La decisión que tenemos delante no consiste simplemente en decir sí o no a la tecnología. Es la elección entre construir Babel o reconstruir Jerusalén; entre aferrarnos al poder que pretende dominar los cielos y emprender la obra compartida que realizamos en la presencia de Dios.
A partir de ahí, la carta ofrece una comprensión de la persona humana en cinco afirmaciones.
En primer lugar, la dignidad es intrínseca. El valor del ser humano existe antes y va más allá de todo lo que una persona pueda lograr. León considera especialmente peligrosa la idea de que debamos ganarnos nuestro propio valor, de modo que quienes son más eficientes valgan más. La dignidad pertenece a una persona querida, creada y amada por Dios, y ningún fracaso ni ninguna exclusión pueden borrarla.
En segundo lugar, las máquinas imitan sin comprender. Estos sistemas reproducen ciertas funciones de la inteligencia humana y, con frecuencia, nos superan en velocidad y alcance. Sin embargo, no viven la experiencia, no sienten alegría ni dolor y carecen de conciencia. Pueden imitar la empatía e incluso el afecto sin comprender absolutamente nada y, con frecuencia, nos dicen aquello que queremos oír, halagándonos en lugar de formarnos. Incluso aquello que llamamos su aprendizaje no pasa de ser una adaptación estadística, en lugar de la lenta formación de una vida a través de decisiones, fracasos, perdón y fidelidad. El propósito de esta afirmación no es oponerse a la tecnología; simplemente se niega a confundir la imitación con la realidad.
En tercer lugar, lo verdaderamente “más que humano” es un don. La promesa que recorre gran parte del discurso sobre el mejoramiento humano es que podríamos superar nuestras limitaciones mediante medios técnicos. León responde que la verdadera trascendencia existe, pero nadie la alcanza por sí mismo; la recibimos. Escribe que llegamos a ser plenamente humanos cuando permitimos que Dios nos lleve más allá de nosotros mismos. La plenitud que anhelamos viene por la gracia en Cristo, no por la autosuficiencia.
En cuarto lugar, el cuidado es la medida de una civilización. No juzgamos a una sociedad por el poder de sus herramientas, sino por el cuidado que es capaz de ofrecer; por su capacidad de ver al otro como un rostro y no simplemente como una función. La encíclica honra a los “mártires de la vida cotidiana”: padres, madres, enfermeros, enfermeras, médicos y voluntarios que cuidan sin buscar aplausos.
En quinto lugar, las escuelas afrontan una tarea particular. El amor por la verdad puede extinguirse silenciosamente cuando un torrente de información sustituye el estudio y la reflexión genuinos, de modo que los estudiantes llegan a saber muchas cosas mientras luchan por encontrar un rumbo para sus vidas. Las escuelas existen para ofrecer aquello que el mundo digital no puede proporcionar: tiempo compartido para aprender y el lento crecimiento de relaciones dignas de confianza. Enseñar a las personas acerca de la inteligencia artificial también incluye enseñarles cuándo, y por qué, no utilizarla.
Gran parte de todo esto podemos recibirlo sin objeción, porque no lleva un sello exclusivamente católico. Suena ampliamente cristiano y, en algunos pasajes, simplemente resuena como verdadero. El trabajo más difícil e interesante comienza cuando nos preguntamos cómo responde nuestra propia tradición a las mismas cuestiones que plantea la encíclica.
III. Las mismas preguntas, respondidas desde nuestro propio manantial
La encíclica llega a sus conclusiones a través de la enseñanza católica. Nosotros llegamos a muchas de las mismas conclusiones, e incluso a algunas más contundentes, por un camino distinto. Lo que sigue no pretende ser una refutación. Retoma las mismas preguntas desde el interior de la tradición wesleyana de santidad, donde han permanecido vivas durante casi trescientos años.
- La santidad es lo verdaderamente “más que humano”
La afirmación más contundente de la encíclica es también el punto en el que nuestra tradición tiene más que aportar. León sitúa la verdadera trascendencia de los límites humanos en la gracia y no en la tecnología. Nosotros tenemos un nombre para esa trascendencia: la santidad.
Wesley enseñó que la gracia no solo perdona, sino que sana y restaura, renovando la imagen de Dios en la persona (Colosenses 3:10). En las doctrinas que llamó perfección cristiana y entera santificación, sostuvo que la gracia puede llenar de tal manera al creyente que el amor a Dios y al prójimo llegue a ser la realidad que gobierne el corazón, algo posible en esta vida y no únicamente en el cielo. Fue cuidadoso al aclarar lo que esto no significaba. La perfección cristiana no es estar libre de ignorancia, error o tentación. Es la perfección en el amor: un corazón completamente entregado a Dios y orientado hacia el prójimo.
Compárese esto con la promesa del mejoramiento humano y de un mayor control. Ambos hablan de superar la condición humana tal como hoy la conocemos, pero avanzan en direcciones opuestas. La mejora tecnológica añade poder al yo y permanece centrada en el yo. La gracia santificadora sigue el camino contrario: vacía al yo de su encierro en sí mismo y lo llena de amor. Lo “más que humano” para lo cual Dios nos creó no es una criatura dotada de una mayor capacidad de procesamiento. Es una persona hecha perfecta en el amor. Por eso, un pueblo formado en esta tradición puede sostener la tecnología con una mano abierta y un corazón sereno. La capacidad en sí misma nunca termina de impresionarnos, porque jamás hicimos de la capacidad el objetivo principal.
- Nuestros límites no son el enemigo
La imaginación tecnocrática considera todo límite humano como un defecto que espera ser corregido: la debilidad, la enfermedad, la vejez y el sufrimiento son reinterpretados como fallas, en lugar de reconocerse como parte de la textura ordinaria de una vida creada. León responde con una afirmación que desafía toda la maquinaria de la optimización: los seres humanos florecen no a pesar de sus límites, sino muchas veces precisamente por medio de ellos.
No idealiza el sufrimiento. Su argumento es que justamente allí donde nuestros límites se hacen reales —en el rechazo, la enfermedad o la pérdida de alguien a quien amamos— encontramos una sabiduría a la que el dominio jamás puede llegar, experimentamos la cercanía de los demás y nos encontramos con el Señor. Eliminar por completo el sufrimiento, observa, significaría eliminar también el amor y el anhelo, porque nadie ama sin hacerse vulnerable a la pérdida.
Esto armoniza plenamente con una tradición que parte del hecho de que somos criaturas. Nunca llegamos a ser dioses, y la gracia no nos convierte en tales; perfecciona el amor en personas que continúan dependiendo de Dios. Las máquinas seguirán prometiendo eliminar mediante la optimización todas nuestras limitaciones. Nuestra tarea consiste en formar personas que sepan cuáles de esos límites las hacen verdaderamente humanas y que puedan recibir incluso su propia debilidad como un lugar donde Dios se hace presente.
- Tenemos nuestra propia doctrina social
La encíclica se apoya en más de un siglo de doctrina social católica. No necesitamos tomar prestado ese marco, porque poseemos una conciencia social propia, igualmente seria y mucho más cercana a nuestras raíces.
Wesley nos dejó una frase que ha marcado esta tradición desde entonces: “No hay santidad sino santidad social”. La Iglesia Metodista Libre surgió en 1860, en parte, como una protesta. Sus fundadores, entre ellos B. T. Roberts, se separaron de una iglesia que alquilaba sus mejores bancas a los ricos y había hecho las paces con la esclavitud. La palabra “libre” en nuestro nombre significaba bancas libres para los pobres, libertad para los esclavizados, libertad del Espíritu en la adoración y libertad respecto de las sociedades secretas. La santidad y la justicia nunca fueron dos proyectos distintos; siempre fueron uno solo.
_
«Las máquinas seguirán prometiendo eliminar mediante la optimización todas nuestras limitaciones. Nuestra tarea consiste en formar personas que sepan cuáles de esos límites las hacen verdaderamente humanas y que puedan recibir incluso su propia debilidad como un lugar donde Dios se hace presente».
Ahora bien, leamos el pasaje más impactante de la encíclica a la luz de esa historia. León reconoce la prolongada complicidad de la Iglesia con la esclavitud, admite que hicieron falta dieciocho siglos para que la fe declarara la esclavitud plenamente incompatible con el evangelio y pide perdón. Es un acto humilde y serio, que señala precisamente el punto donde nuestras dos tradiciones se separan en la historia, aun cuando convergen en sus convicciones.
Nosotros no llegamos tarde a estas cuestiones ni tomamos prestado el vocabulario de otros. Tenemos autoridad moral para hablar de ellas. Por eso, cuando León dirige su atención a las nuevas formas de esclavitud ocultas en la economía digital —los trabajadores invisibles que etiquetan datos y revisan contenidos perturbadores por salarios muy bajos, o los niños que extraen los minerales de los que dependen nuestros dispositivos— está describiendo una realidad que nuestros fundadores habrían reconocido de inmediato.
- Los medios de gracia son el verdadero proceso de formación
La encíclica expresa, con razón, su preocupación porque la información está desplazando a la formación. Hace un llamado a la lentitud, al silencio, al estudio constante y a las relaciones dignas de confianza. Todo esto resuena profundamente con nuestra tradición, porque contamos con una teología desarrollada acerca de cómo Dios forma y transforma a una persona a lo largo del tiempo.
Wesley llamó a estas prácticas los medios de gracia: la oración, el estudio de las Escrituras, la Cena del Señor, el ayuno y lo que denominó la conferencia cristiana, es decir, la práctica mediante la cual los creyentes se edifican mutuamente a través de conversaciones sinceras y profundas. No tienen nada de mágico. Son los lugares designados donde una persona se pone a disposición de la obra transformadora de Dios, una obra que sucede lentamente, en el contexto de las relaciones y a lo largo de los años, no en cuestión de minutos.
Si la educación consistiera únicamente en transmitir contenidos, entonces una máquina suficientemente capaz terminaría haciéndolo más rápido y a menor costo, y la preocupación de la encíclica estaría plenamente justificada. Pero los medios de gracia señalan algo muy distinto. La relación de mentoría, la hora de adoración, el grupo pequeño que se reúne semana tras semana, el trabajo paciente de un maestro sobre los escritos de un estudiante: nada de esto es simplemente un sistema para transmitir información. Es el medio por el cual el juicio, la sabiduría, el carácter y la fe toman forma en una persona, y nadie puede automatizar ese proceso sin destruirlo. El contenido que transmitimos envejecerá, como siempre ocurre con todo contenido. La formación que ofrecemos no caduca, porque nunca ha tenido como objetivo la información; su objetivo siempre ha sido la persona.
- Una religión del corazón frente a una inteligencia sin corazón
La encíclica afirma que la inteligencia artificial puede imitar la empatía, el consejo, la amistad e incluso el amor sin poseer realmente ninguna de esas cualidades. Produce palabras de cuidado sin el corazón del cual brota el verdadero cuidado. De manera significativa, la propia carta dirige la mirada hacia el corazón cerca de su conclusión, insistiendo en que ningún sistema, por avanzado que sea, puede crear un corazón que sea capaz de entregarse.
Sobre este punto, nuestra tradición lleva dos siglos esperando para decir algo. Antes que cualquier otra cosa, la tradición wesleyana es una religión del corazón. Su momento fundacional no fue la resolución de un argumento, sino el despertar de un afecto: aquella noche en que Wesley sintió “extrañamente ardor” en su corazón y confió en Cristo para su propia salvación. Wesley insistía en que los afectos —nuestros amores, nuestros deseos y la orientación profunda del corazón— ocupan el centro de la persona renovada. El propósito de la gracia no es únicamente pensar correctamente, sino aprender a amar correctamente.
_
«La formación que ofrecemos no caduca, porque nunca ha tenido como objetivo la información; su objetivo siempre ha sido la persona».
Esto nos permite describir con precisión aquello que la inteligencia artificial jamás podrá alcanzar. Una máquina puede imitar las manifestaciones externas del amor, pero no puede poseer los afectos de los que el amor nace, porque no tiene un corazón que ordenar ni un ser que entregar. Esto también pone de manifiesto una tentación silenciosa en nuestro propio trabajo. Una educación que forma únicamente el intelecto desarrolla precisamente la capacidad en la que las máquinas casi nos superan —o quizá ya lo hacen— y deja sin formar aquella capacidad que, en primer lugar, nos hace verdaderamente humanos. Nuestra misión consiste en formar corazones bien ordenados, una sabiduría sólida y conciencias bien formadas, un propósito antiguo que este momento histórico ha vuelto sorprendentemente práctico.
- El optimismo de la gracia define nuestra actitud
Por último, la encíclica propone una actitud concreta: ni un entusiasmo ingenuo ni un temor paralizante, sino un sano realismo. ¿Qué hace posible una actitud así? También aquí nuestra tradición aporta el fundamento.
Dos convicciones sostienen esta postura. La primera es la gracia preveniente, la gracia que va delante de nosotros. La teología wesleyana sostiene que Dios ya está obrando en toda persona y en toda situación, atrayéndonos hacia el bien antes de que lleguemos y al margen de nuestros propios esfuerzos. Cuando Nehemías inspecciona las ruinas de Jerusalén —la imagen que León elige para describir nuestra tarea— no lleva a Dios a un lugar abandonado por Él. Se une a una obra que Dios ya había comenzado. Lo mismo sucede con los lugares donde hoy construimos: los laboratorios de investigación, las empresas tecnológicas y, sí, también las aulas y las oficinas; allí la gracia ya ha llegado antes que nosotros.
La segunda convicción, lo que los teólogos wesleyanos han llamado el optimismo de la gracia, es una confianza firme en que la gracia puede transformar verdaderamente a las personas y, por medio de ellas, también a las instituciones e incluso a las culturas. Toma el pecado con toda seriedad y, aun así, se niega a desesperar. No espera un paraíso tecnológico ni una ruina inevitable, porque fundamenta su esperanza en Dios y no en ninguna herramienta. Por eso, el temor no es la actitud apropiada para la Iglesia en este momento, y un entusiasmo acrítico resulta igualmente equivocado. Nos relacionamos con la inteligencia artificial con sobriedad, sin idolatrarla ni huir de ella.
IV. Una convicción puesta a prueba
Todo esto nos devuelve a una afirmación que ha definido nuestra tradición durante mucho tiempo: que Cristo es el lente a través del cual comprendemos todas las cosas, entretejido en la totalidad de la vida y no añadido simplemente como un elemento más entre muchos. Con frecuencia hemos sostenido esta convicción de manera abstracta. La inteligencia artificial nos presenta ahora un caso concreto en el que esa afirmación adquiere un peso real.
En uno de sus pasajes más incisivos, la encíclica sostiene que no podemos considerar estos sistemas como moralmente neutrales, porque toda herramienta incorpora decisiones mediante aquello que mide, aquello que ignora, aquello que optimiza y la manera en que clasifica a las personas. El juicio moral nunca puede reducirse a un cálculo; implica conciencia, responsabilidad y el reconocimiento del otro como persona. León advierte sobre el investigador que solo mira el estrecho ámbito de su propia labor y termina convenciéndose de que su trabajo carece de relevancia moral, cuando, en realidad, podría estar contribuyendo, sin saberlo, a proyectos que causan un daño real.
La implicación es directa. Si la inteligencia artificial nunca es neutral, entonces una vida centrada en Cristo tampoco puede tratarla como una herramienta neutral que primero se domina y solo después se evalúa moralmente. El camino más fácil consiste en mantener ambas cosas separadas: aprender ahora la técnica y reflexionar sobre la ética más adelante, en otro lugar. El camino de la fidelidad integra el discernimiento en el propio trabajo, de manera que quien aprende a utilizar estos sistemas aprenda, al mismo tiempo, a preguntarse qué clase de realidad ese trabajo le está invitando a construir, a quiénes afectará y de quién pone en riesgo la dignidad el diseño de esos sistemas.
La encíclica vuelve sus propios principios hacia la misma Iglesia y pregunta si esta práctica dentro de sus propios muros aquello que predica al mundo. Esa misma pregunta alcanza todos los lugares donde nos reunimos: nuestras congregaciones, ministerios, escuelas, empresas y hogares. Utilizaremos estos sistemas para clasificar candidatos, evaluar solicitudes, identificar quién necesita atención y decidir quién recibirá ayuda; si aún no lo hacemos, pronto lo haremos. Todas estas son decisiones que afectan a personas reales.
Hay una capacidad humana que merece una protección deliberada: la libertad de cuestionar una decisión y pedir que sea reconsiderada. Un sistema puede emitir un resultado, pero no puede sentarse con una persona, escuchar una objeción, valorar una circunstancia que nunca llegó a conocer ni dejarse mover hacia la misericordia. Cuando el poder no encuentra límites, simplemente prevalece, y los más vulnerables quedan sin posibilidad de defensa; la gacela no razona con el león. Una comunidad moldeada por el evangelio rechaza ese modelo. Mantiene a una persona responsable de toda decisión significativa y preserva un auténtico derecho de apelación, porque quien resulta afectado es un rostro y no simplemente una función. Allí donde permitimos que un sistema influya en una decisión sobre el sustento, la posición o el cuidado de una persona, le debemos mucho más que un simple resultado. Le debemos un ser humano que asuma la responsabilidad por esa decisión y una vía real para impugnarla. No podemos exhortar al mundo al discernimiento mientras, silenciosamente, practicamos la opacidad dentro de nuestra propia casa.
V. Preguntas para la Iglesia
Prometí plantear preguntas en lugar de ofrecer conclusiones, y eso es precisamente lo que presento a todo aquel que siente el peso de este momento, ya sea que pastoree una congregación, críe hijos, enseñe una clase, dirija una empresa o simplemente procure vivir con fidelidad en medio de estas herramientas. Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta sencilla. Llévelas consigo durante un tiempo, converse sobre ellas con alguien en quien confíe y, cuando la inquietud se vuelva apremiante, actúe en consecuencia.
- ¿Qué estoy formando realmente en las personas de las que soy responsable: habilidades por sí solas o habilidades unidas a la sabiduría y a un corazón que ama lo que es bueno? ¿Y cuál de las dos cosas revela realmente la manera en que empleo mi tiempo?
- Wesley consideraba la conversación sincera como un medio de gracia, una forma en la que Dios verdaderamente sale a nuestro encuentro. ¿Dónde sigue ocurriendo eso durante mi semana: en casa, en la iglesia o en el trabajo? ¿Y dónde se ha reducido simplemente a un intercambio superficial?
- ¿En qué aspecto me siento tentado a considerar mi propia área de trabajo como si fuera moralmente neutral, como si aquello que construyo no tuviera ninguna implicación respecto de lo que es correcto o incorrecto?
- A medida que estos sistemas se incorporan a nuestras iglesias, ministerios, escuelas, empresas y hogares, ¿de quiénes dependen su dignidad y sus oportunidades de las decisiones que entregamos a una máquina? Y si una de esas decisiones perjudica a alguien, ¿podrá esa persona encontrar a alguien dispuesto a escucharla?
- Cuando uno de estos sistemas toma una decisión equivocada, la única solución verdadera es una solución humana: la oportunidad de hablar, de explicar algo que la máquina nunca supo y de pedir a una persona que vuelva a considerar el caso. Allí donde dependemos de estas herramientas, ¿hemos conservado un diálogo auténtico y un verdadero derecho de apelación? ¿O hemos dejado a quienes resultan afectados sin nadie con quien razonar?
- ¿Dónde está obrando ya la gracia en este momento, adelantándose a mí en mi hogar, en mi iglesia o en mi trabajo? ¿Y qué cambiaría en mí si realmente creyera que así es?
- ¿Qué pequeña acción, concreta y específica, podría comenzar esta temporada para contribuir a formar personas y no simplemente a procesarlas?
_
«¿Dónde está obrando ya la gracia en este momento, adelantándose a mí en mi hogar, en mi iglesia o en mi trabajo? ¿Y qué cambiaría en mí si realmente creyera que así es?»
La encíclica nos ofrece a Nehemías como compañero de camino. Él oyó hablar de una ciudad en ruinas, llevó su dolor a la oración, pidió lo que necesitaba, organizó el trabajo, enfrentó la oposición y reconstruyó la muralla junto con su pueblo, una sección a la vez. Nosotros también estamos construyendo, lo hayamos pretendido o no. Al final, las únicas preguntas que realmente importan —las que se encuentran debajo de todas las demás— son qué estamos construyendo, en presencia de quién lo hacemos y para beneficio de quién. Aquí no construimos Babel. Que, por la gracia de Dios y con la ayuda unos de otros, construyamos bien.
Nota sobre las fuentes: Las citas y los resúmenes de este artículo proceden de Magnifica Humanitas (papa León XIV, mayo de 2026), un documento que merece ser leído íntegramente y cuya lectura recomiendo a todos. Las referencias a John Wesley provienen de sus sermones y escritos más conocidos, entre ellos Los medios de gracia, Espíritu católico y Una sencilla explicación de la perfección cristiana. Agradezco a John Lane, pastor principal de The Arbor Church, cuya cuidadosa lectura de un borrador anterior ayudó a precisar la reflexión sobre el derecho de apelación desarrollada en este ensayo.
+
