Por Hadachelle Augustin

Cuando mi pastor me nominó para asistir al encuentro Next Gen 10:2 en Columbus, Georgia, sinceramente no sabía qué esperar. Pensé que sería una gran oportunidad para mi amiga Oriana y para mí, pero, más allá de eso, tenía muy pocas expectativas.

Mientras el avión despegaba, hice una sencilla oración: “Dios, permite que este fin de semana sea un antes y un después para mí. Haz que sea algo que nunca olvide”. Al mirar hacia atrás, veo que Dios respondió esa oración de maneras que nunca imaginé.

Cuando llegué, estaba nerviosa por lo que traería el fin de semana y por las personas que conocería. Pero, al mirar alrededor del salón, rápidamente noté que muchos de los demás participantes tenían aproximadamente mi edad. Había algo reconfortante en ver a jóvenes adultos de todo el país reunidos con un mismo propósito. Aunque veníamos de diferentes estados, iglesias, culturas y trasfondos, todos habíamos sido escogidos para estar allí.

A medida que fui conociendo a los demás participantes, descubrí algo aún más significativo: cada persona tenía una historia. Ninguno de nosotros era perfecto. Ninguno tenía la vida completamente resuelta. Cuando comenzamos a compartir nuestros testimonios, me di cuenta de que muchos teníamos algo en común. Muchos no conocimos a Dios durante las etapas más fáciles de nuestra vida. Al contrario, lo encontramos en nuestros momentos más bajos. Llegamos cargando diferentes luchas, diferentes preguntas y diferentes experiencias, pero todos compartíamos el mismo deseo de conocer a Dios más profundamente.

Escuchar esas historias me recordó que no estoy sola.

_

 «Muchos no conocimos a Dios durante las etapas más fáciles de nuestra vida. Al contrario, lo encontramos en nuestros momentos más bajos».

 

Enfrentar el miedo con fe

Como muchos jóvenes adultos, a veces me siento aislada en los desafíos que enfrento. Es fácil llegar a pensar que todos los demás tienen su vida bajo control mientras uno es el único que está luchando. Pero, durante todo el fin de semana, recordé que cada persona carga batallas que los demás no pueden ver. Todos enfrentamos circunstancias distintas, pero servimos al mismo Dios. A pesar de nuestras luchas, seguimos poniéndolo en el centro de nuestro corazón y confiando en que su voluntad es mayor que la nuestra.

Un versículo que permaneció conmigo durante todo el fin de semana fue Josué 1:9: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. Ese recordatorio me sostuvo cada vez que me sentía abrumada o insegura. Me recordó que el valor no es la ausencia del temor, sino la decisión de confiar en que Dios está presente en cada paso.

Uno de los momentos más impactantes del fin de semana llegó a través de los mensajes de la pastora Ta’Tyana Leonard. Ella compartió una frase con la que inmediatamente me identifiqué: “Nuestros temores están arraigados en afirmaciones que Dios NUNCA dijo acerca de ti”.

Ese mensaje llegó directamente a mi corazón, porque he pasado gran parte de mi vida permitiendo que el temor me impida dar pasos hacia las oportunidades que Dios ha puesto delante de mí. Ha habido ocasiones en las que Dios abrió una puerta y, aun así, dudé en cruzarla por causa de la inseguridad, la falta de confianza o las mentiras que el enemigo sembró en mi mente. El temor me convencía de que no estaba capacitada, de que no estaba lista, de que no era suficientemente capaz o de que iba a fracasar. Al mirar hacia atrás, me doy cuenta de que esos pensamientos no provenían de Dios.

Sus palabras me desafiaron a examinar el origen de mis temores. ¿Cuántas de las cosas que creo acerca de mí realmente están fundamentadas en la verdad de Dios y cuántas están fundamentadas en afirmaciones que Él nunca dijo? Si se lo permitimos, el temor tiene la capacidad de hablar más fuerte que la fe, haciendo que perdamos bendiciones, ignoremos llamados y permanezcamos de pie frente a puertas que Dios ya abrió para nosotros. Salí de esa sesión decidida a confiar más en la voz de Dios que en mis temores.

Otra lección que permaneció conmigo fue ver a la pastora Ta’Tyana predicar durante todo el fin de semana. Como joven afroamericana, significó mucho para mí ver a alguien que se parecía a mí ejerciendo el liderazgo con confianza y proclamando la Palabra de Dios en un espacio donde esa representación no siempre es común. Su sola presencia fue alentadora, pero su mensaje tuvo aún más peso.

Otra poderosa enseñanza que compartió fue esta: «Tú no eres el Señor de la mies». Como cristianos, con frecuencia ponemos sobre nosotros una pesada carga al tratar de arreglar a las personas, resolver problemas o cargar responsabilidades que nunca fueron destinadas para nosotros. Pero la pastora Ta’Tyana nos recordó que nuestra responsabilidad no es salvar a las personas; Jesús ya hizo eso.

Nuestro papel es invitar a las personas a Él.

Hemos sido llamados a ayudar a otros guiándolos hacia la solución que es Jesús, en lugar de intentar convertirnos nosotros mismos en la solución. Esa verdad me dio una paz que ni siquiera sabía que necesitaba. Me recordó que mi tarea no es ser Jesús, sino señalar fielmente a otros hacia Él. En un mundo que constantemente nos presiona para tener todas las respuestas, fue liberador recordar que nuestro llamado es la obediencia, no el control.

Ánimo y adoración

Todo el fin de semana estuvo lleno de ánimo. Los pastores, obispos, líderes de la iglesia y voluntarios nos recibieron con los brazos abiertos. Christ Community Church creó un ambiente diferente a todo lo que había experimentado antes. Cada conversación se sentía genuina e intencional. Ya fuera hablando sobre el ministerio, la familia, los estudios o el caminar personal con Dios, las personas estaban dispuestas tanto a escuchar como a compartir con sinceridad. Se sentía menos como asistir a una conferencia y más como ser recibidos en una familia.

_

 «Hemos sido llamados a ayudar a otros guiándolos hacia la solución que es Jesús, en lugar de intentar convertirnos nosotros mismos en la solución».

 

La experiencia de adoración también dejó una huella profunda en mí. Vengo de Shekinah Worship Center, en Bridgeport, Connecticut, una comunidad de fe donde la adoración combina himnos haitianos, gospel caribeño, cantos tradicionales de adoración estadounidenses y música de alabanza. El estilo de adoración en Next Gen 10:2 era diferente al que estoy acostumbrada, pero el propósito era el mismo.

Estar de pie en un salón lleno de creyentes de distintos trasfondos, todos cantando para glorificar a Dios, fue algo poderoso. Me recordó que la adoración es más grande que las preferencias personales, la tradición o la cultura. En esencia, la adoración tiene un solo propósito: honrar a Dios por quien Él es y por lo que ha hecho.

En esos momentos de adoración, recordé algo sencillo, pero fácil de olvidar: incluso el hecho de poder estar de pie, respirar y levantar mi voz en alabanza ya es una bendición. Muchas veces le pedimos a Dios más, mientras olvidamos darle gracias por lo que ya tenemos.

Distracciones y discípulos

Como jóvenes adultos, llevamos sobre nuestros hombros muchas presiones: los estudios, la carrera profesional, las responsabilidades familiares, las amistades, las finanzas y el peso de tratar de descubrir qué viene después. La vida puede resultar abrumadora, y es fácil distraerse con todo aquello que compite por nuestra atención.

Sin embargo, Jesús nos dio una misión que es clara.

Hemos sido llamados a hacer discípulos.

Mateo 28:19 nos recuerda: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones”. Durante todo el fin de semana, ese versículo me sostuvo. Con demasiada frecuencia complicamos la vida y la fe, pero la instrucción de Cristo es sencilla y firme. Conócelo. Síguelo. Da a conocer quién es Él.

No importa de dónde vengamos, lo que estemos enfrentando o la etapa de la vida en la que nos encontremos; nuestro propósito sigue siendo el mismo.

Salí de Next Gen 10:2 con nuevas amistades, nuevas perspectivas y un renovado sentido de propósito. Pero, más importante aún, salí recordando que no camino este recorrido sola.

Mi oración es que la próxima generación de creyentes siga fortaleciéndose, apoyándose mutuamente y respondiendo con valentía al llamado de Cristo de ir y hacer discípulos. Si cada uno de nosotros salió de ese encuentro llevando consigo, aunque sea una sola verdad para vivirla, entonces ya estamos un paso más cerca de convertirnos en la generación que Dios nos ha llamado a ser.

_

 «Mi oración es que la próxima generación de creyentes siga fortaleciéndose, apoyándose mutuamente y respondiendo con valentía al llamado de Cristo de ir y hacer discípulos».

 

La oración que hice en el avión fue que Dios hiciera de ese fin de semana algo que nunca olvidaría. Y así fue. No por el evento en sí, sino porque Él me recordó lo que es verdad: su presencia es constante, su propósito es claro y mis temores no son el final de la historia, porque están arraigados en afirmaciones que Él nunca dijo.
+

Hadachelle Augustin es estudiante universitaria, profesional emergente en el área de mercadeo y líder en el ámbito universitario en Connecticut. Le apasionan la fe, la comunidad y el arte de contar historias. Sirve tanto en el liderazgo de su iglesia como en el de su campus universitario, y disfruta reflexionando sobre cómo Dios obra a través de los momentos cotidianos y de las diferentes etapas de crecimiento. Su deseo es animar a otros a crecer en la fe, vencer el temor y vivir con propósito en Cristo.

Escritura Cristiana y Materiales de Discipulado

+150 años compartiendo nuestro mensaje único y distintivo.
ARTICULOS RELACIONADOS

El poder del discipulado intergeneracional

¿A quién vas a discipular en 2024? Por Deb Walkemeyer con Ta’Tyana Leonard y Natalie Iguchi

¿Conspiración o realidad?

No creas las teorías de conspiración que ponen en duda la resurrección. Por John Ed Mathison