Por Serena Oriero

La mayoría de nosotros sabemos lo que se siente al transitar por la vida cargando algo que los demás no pueden ver del todo. A veces es duelo o agotamiento. A veces es dolor físico, presión económica, cansancio espiritual o el peso de sentirse invisible. Podemos seguir presentes, seguir sirviendo, seguir sonriendo y seguir adelante, pero, bajo la superficie, puede haber áreas de nuestra vida que anhelan ser vistas, atendidas y restauradas.

Esa es una de las razones por las que vuelvo una y otra vez a Marcos 5:21–34. Es un relato de sanidad, pero creo que es mucho más que eso. Cuando medito en este pasaje, veo a una mujer cuyo cuerpo es sanado, pero también veo a una mujer cuya dignidad es restaurada, cuya historia es escuchada y cuyo lugar en la comunidad vuelve a hacerse visible. Jesús no simplemente la sana y sigue su camino. Se detiene el tiempo suficiente para que la multitud vea lo que Él ya sabía: que ella no era invisible para Él.

Marcos pone delante de nosotros a dos personas al mismo tiempo. Jairo es un dirigente de la sinagoga. Tiene nombre, es conocido, respetado y puede acercarse a Jesús abiertamente. La mujer no tiene nombre; ha estado sufriendo durante doce años, ha gastado todo lo que tenía intentando sanar y, en lugar de mejorar, ha empeorado. Para cuando se acerca a Jesús, su sufrimiento ya no es solamente físico. Es económico, social, emocional y profundamente personal.

Sus historias están entretejidas por una razón. Jairo se acerca públicamente, mientras que ella lo hace por detrás. Jairo es conocido, mientras que ella permanece anónima. Jairo ocupa una posición reconocida dentro de la comunidad, mientras que ella ha aprendido a vivir en los márgenes. Sin embargo, Jesús los ve a ambos, y es ahí donde este relato comienza a hablarnos con tanta fuerza como iglesia.

Jesús no responde únicamente a lo urgente, a lo visible y a lo que la multitud ya considera importante. También se detiene por aquella que ha aprendido a permanecer oculta. Le da espacio para contar toda la verdad de su historia y la restaura de una manera que no es solo privada, sino también pública. Al hacerlo, Jesús nos muestra cómo es el reino de Dios cuando irrumpe en la vida real.

Marcos nos dice que esta mujer había sufrido durante doce años. No se trataba de una temporada breve ni de una interrupción pasajera. Doce años son suficientes para que el sufrimiento moldee la manera en que una persona vive, la forma en que los demás la ven y hasta la manera en que comienza a verse a sí misma. Su enfermedad le había quitado mucho más que la salud. Marcos nos dice que había gastado todo lo que tenía en médicos y que, en lugar de mejorar, había empeorado. Para cuando llega a Jesús, su sufrimiento había alcanzado prácticamente todos los aspectos de su vida.

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 «Jesús no responde únicamente a lo urgente, a lo visible y a lo que la multitud ya considera importante. También se detiene por aquella que ha aprendido a permanecer oculta».

 

En el contexto en que ella vivía, su condición habría afectado su capacidad para participar libremente en la comunidad. Habría determinado adónde podía ir, de quién podía acercarse y cómo respondían los demás a su presencia. Algo tan sencillo como extender la mano implicaba un riesgo y, con el paso del tiempo, su mundo se habría vuelto cada vez más pequeño, con menos relaciones, menos acceso y un menor sentido de pertenencia. Ese tipo de sufrimiento puede hacer que una persona se vuelva cautelosa. Puede volverla silenciosa. Puede enseñarle que el lugar más seguro es permanecer en el trasfondo.

Así que, cuando ella se acerca a Jesús, no lo hace como Jairo. No cae a Sus pies delante de todos ni pide ayuda públicamente. No ocupa espacio entre la multitud. Se acerca por detrás y se dice a sí misma: “Si logro tocar siquiera su manto, quedaré sana” (Marcos 5:28).

Su fe no es ruidosa, ni pública, ni exigente, pero sigue siendo fe. Es la fe de alguien que ya lo ha intentado todo y que, aun así, conserva suficiente esperanza como para extender la mano. Es la fe de alguien que ha aprendido a permanecer oculta, pero que todavía cree que Jesús puede sanar. Es la fe de alguien que quizá no se siente digna de recibir atención, pero que, de algún modo, sabe que incluso el borde de Su manto es suficiente.

E inmediatamente queda sana. Para muchos de nosotros, ese parecería ser el final de la historia. Ella vino buscando sanidad, tocó el manto de Jesús, su cuerpo fue restaurado y el milagro ocurrió. Pero Jesús no permite que la historia termine ahí. Él se detiene.

Quizá este sea uno de los momentos más importantes de todo el pasaje. Jesús se detiene en medio de la multitud, en medio de la urgencia, mientras la hija de Jairo todavía está esperando. Delante de Él hay una necesidad real. Un padre está desesperado, una niña está muriendo, la multitud lo rodea por todas partes y todo parece indicar que Jesús debería seguir caminando. Pero Jesús se detiene y pregunta: “¿Quién ha tocado mi manto?” (Marcos 5:30).

Los discípulos no entienden la pregunta. Desde su perspectiva, todos lo están tocando porque la multitud lo aprieta por todos lados. Pero Jesús no pregunta porque le falte información. Está creando espacio. Lo que podría haber permanecido oculto, Jesús lo saca a la luz.

Toda la verdad

La mujer se acerca temblando de miedo y le cuenta “toda la verdad” (Marcos 5:33). Esa expresión es significativa para mí. Ella no ofrece una explicación rápida para luego perderse nuevamente entre la multitud. Cuenta toda la verdad. Doce años de sufrimiento, pérdida, aislamiento y esperanza salen a la luz en la presencia de Jesús, y Jesús la escucha. No la apresura, no la avergüenza ni la reprende por haber extendido la mano. Recibe su historia y luego pronuncia palabras que restauran mucho más que su cuerpo.

“¡Hija, tu fe te ha sanado! —dijo Jesús—. Vete en paz y queda sana de tu aflicción” (Marcos 5:34).

Esa palabra, hija, lo cambia todo. En una cultura donde ella había sido definida por su condición, Jesús restaura su identidad. No la llama impura. No la llama un problema. No la identifica por aquello que ha sufrido. La llama hija. La reintegra a una relación de pertenencia, proclama su dignidad delante de la multitud y se asegura de que su restauración sea vista.

Eso es importante porque la restauración no está completa si la dignidad permanece oculta. Ella ya había sido sanada físicamente, pero Jesús le da mucho más que sanidad física. La restaura públicamente. La restaura socialmente. La devuelve a su lugar entre el pueblo.

Aquí también ocurre una santa interrupción. Jairo es un hombre de prestigio, un dirigente de la sinagoga y alguien a quien la multitud habría esperado que Jesús atendiera primero. Su necesidad es urgente y visible. Sin embargo, Jesús permite que Jairo espere mientras dirige toda Su atención a una mujer que había aprendido a no ser vista. Eso no es accidental. Revela algo acerca del reino de Dios.

En el reino, el valor de una persona no está determinado por su posición, su título, su visibilidad, su género, su riqueza o su poder. Los humildes son exaltados, los olvidados reciben honra y los heridos no son tratados como interrupciones de la misión. Ellos forman parte del mismo corazón de la misión. Jesús no está simplemente sanando a personas en Marcos 5. Está reordenando una comunidad.

Santidad: Amor hecho vida

Esto nos habla directamente a nosotros como pueblo wesleyano. La santidad no es solo algo interior. No consiste únicamente en la devoción privada o en la piedad personal. La santidad es el amor hecho vida. Es el amor a Dios y el amor al prójimo unidos en una vida que refleja a Jesús. El mismo Jesús une estas dos realidades cuando dice: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. […] “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37–39).

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 «En el reino, el valor de una persona no está determinado por su posición, su título, su visibilidad, su género, su riqueza o su poder. Los humildes son exaltados, los olvidados reciben honra y los heridos no son tratados como interrupciones de la misión».

 

No podemos separarlas. El amor a Dios debe moldear la manera en que vemos a las personas, la manera en que hacemos espacio para ellas y la forma en que respondemos a quienes el sufrimiento ha mantenido ocultos.

En Marcos 5, el amor se manifiesta al detenerse el tiempo suficiente para darse cuenta. Se manifiesta al escuchar en lugar de pasar de largo con prisa. Se manifiesta al dar espacio para que alguien pueda contar toda la verdad. Se manifiesta al negarse a permitir que alguien permanezca invisible cuando Jesús la está llamando hija.

Miqueas 6:8 pregunta: “¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno! ¿Y qué es lo que espera de ti el Señor?: Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios”. Todo eso lo vemos aquí. Justicia, porque Jesús restaura lo que la exclusión había arrebatado. Misericordia, porque la recibe con ternura en lugar de avergonzarla. Humildad, porque no pasa de largo junto a quien permanecía oculta para satisfacer las expectativas de la multitud.

Este pasaje nos plantea un desafío como iglesia. Todavía hay personas que han aprendido a permanecer en el trasfondo. Hay personas cuyo sufrimiento ha durado tanto tiempo que el silencio les parece más seguro que la esperanza. Están sentadas en nuestras iglesias, sirviendo en nuestros ministerios, viviendo en nuestros vecindarios y caminando por nuestras comunidades. Algunas cargan con duelo, pobreza, discapacidad, trauma o el agotamiento de ser malinterpretadas una y otra vez. Otras han aprendido a extender la mano en silencio porque no están seguras de que alguien les hará espacio para alzar su voz.

La pregunta para nosotros no es solamente si creemos que Jesús las ve. La pregunta es si nosotros llegaremos a ser el tipo de personas que reflejan el corazón de Jesús. ¿Nos detendremos lo suficiente para darnos cuenta? ¿Daremos espacio para escuchar toda la verdad? ¿Honraremos la dignidad de quienes el mundo ha empujado hacia los márgenes? ¿Serán nuestras iglesias lugares donde las personas no solo reciban ayuda, sino donde sean restauradas a un sentido de pertenencia?

Santiago 1:27 nos recuerda que la religión pura y sin mancha se manifiesta en la manera en que respondemos a quienes están pasando por aflicción. Esa respuesta no puede permanecer en el plano de las ideas. Tiene que hacerse visible en nuestra vida en comunidad. Debe moldear la manera en que escuchamos, dirigimos, damos la bienvenida, defendemos y abrimos espacio para quienes han sido pasados por alto.

Una cosa es decir que una iglesia es acogedora. Otra muy distinta es preguntarse quiénes realmente se sienten vistos dentro de ella. Una cosa es ofrecer ayuda. Otra muy distinta es restaurar la dignidad. Una cosa es hacer espacio para quienes ya saben cómo dar un paso al frente. Otra muy distinta es darse cuenta de quienes han pasado años aprendiendo a permanecer ocultos.

La mujer de Marcos 5 se acercó a Jesús con la esperanza de ser sanada, y Jesús le dio mucho más. La vio, la escuchó, la restauró, la llamó hija y la despidió en paz.

Ese mismo Jesús sigue obrando entre nosotros. Sigue viendo, sigue deteniéndose y sigue restaurando. Por el poder del Espíritu Santo, continúa formándonos para que seamos un pueblo que haga lo mismo.

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 «Una cosa es decir que una iglesia es acogedora. Otra muy distinta es preguntarse quiénes realmente se sienten vistos dentro de ella».

 

Que lleguemos a ser la clase de iglesia que refleje Su corazón: una iglesia que se detiene, ve a quienes pasan desapercibidos, escucha toda la verdad y proclama la dignidad en voz alta. Que lleguemos a ser una iglesia donde las personas no solo reciban ayuda, sino que sean restauradas a un verdadero sentido de pertenencia.

Porque así es como se ve la santidad cuando el amor toma forma visible, y así es como se manifiesta el reino cuando Jesús camina entre la multitud.
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Serena Oriero es presbítera ordenada de la Iglesia Metodista Libre y está nombrada para servir a nivel denominacional. Actualmente cursa una Maestría en Divinidad (Master of Divinity) con énfasis en justicia en Northeastern Seminary, donde sus estudios continúan profundizando su amor por las Escrituras y por el ministerio de la iglesia. Serena y su esposo, Jeff, son los orgullosos padres de cinco hijos adultos y “Mimi” y “Papa” de seis hermosos nietos. La historia de su familia también incluye el sagrado regalo de la adopción y la experiencia de criar a un hijo con autismo.

 

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