Por Steve Otey

Hace unos años, mi familia hizo unas vacaciones inolvidables en Canadá. Fueron increíbles por muchas buenas razones, pero también resultaron memorables por algunos de los aspectos no tan divertidos del viaje.

Me imagino que tú también has tenido algunas vacaciones así con tu familia. En nuestro caso, ocurrió mientras íbamos en automóvil rumbo al ferry hacia la isla de Vancouver. Teníamos reservaciones. El sitio web decía que el tiempo de espera para abordar sería de unos 30 minutos. Bueno, al parecer Canadá no solo tiene un sistema de medición diferente al de Estados Unidos, sino también una manera distinta de registrar el tiempo.

Mi familia de seis, con todo nuestro equipaje, apretujada dentro de la camioneta de alquiler, permaneció detenida en una rampa de salida durante más de cuatro horas. En ese entonces nuestras hijas no tenían teléfonos celulares, y mi esposa y yo no teníamos la costumbre de usar nuestros teléfonos durante los viajes en automóvil. Se crearon muchos recuerdos durante esas cuatro horas. No habíamos planeado comer dentro del vehículo, y no pasó mucho tiempo antes de que mis cuatro hijas comenzaran a ponerse “hambrientas e irritables” (y quizá mamá y papá también).

En algún momento, mi hija Megan decidió que, de alguna manera, prepararía sándwiches para todos usando una hielera que estaba enterrada en la parte trasera de la camioneta. Encontró un poco de pan y un frasco de mantequilla de maní medio vacío. No teníamos cuchillo, así que primero se desinfectó muy bien las manos con Germ-X y luego usó su dedo índice para untar la mantequilla de maní y preparar los sándwiches. Ese fue el día inaugural de “La furgoneta de comida de Megan”. Me gustaría decir que no pude saborear el Germ-X en aquel sándwich, pero no puedo.

Lo curioso de esos viajes es que las cosas costosas, las atracciones y las actividades planeadas fueron realmente excelentes.

Pero casi ninguno de nuestros recuerdos familiares favoritos provino de aquello por lo que pagamos. Surgieron de los márgenes. De la espera. Del aburrimiento. De la furgoneta de comida. De esos momentos no planeados en los que nadie tenía otro lugar adónde ir ni otra cosa que mirar.

Y esa es precisamente la razón por la que la cuestión del teléfono inteligente es mucho más importante de lo que la mayoría de los padres imagina.

Por qué esto no se trata realmente del teléfono

Cuando los padres empiezan a hacer preguntas sobre los teléfonos inteligentes, casi siempre las plantean como una cuestión tecnológica: “¿Cuál es la edad adecuada?”, “¿Qué aplicaciones debería bloquear?”, “¿Debería usar Bark, Covenant Eyes o simplemente quitarles el teléfono por la noche?”.

Todas esas son buenas preguntas. Hablaré de algunas de ellas aquí. Pero si tratamos este asunto únicamente como una decisión tecnológica, pasaremos por alto lo que realmente está en juego.

A esto me refiero: en Deuteronomio 6:4–9, Dios le dice a Su pueblo que guarde Sus mandamientos en su corazón, que hable de ellos en casa y por el camino, al acostarse y al levantarse.

“Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo, llévalas en tu frente como una marca y escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades” (Deuteronomio 6:4–9)

Todo el panorama que presenta Deuteronomio es el de un discipulado constante, plenamente integrado en la vida diaria. La fe no es un compartimento separado. Se transmite en los ritmos cotidianos de la vida familiar: en el automóvil, alrededor de la mesa, antes de dormir. Y las instrucciones de Dios aquí van más allá de “inculquen estos mandamientos a sus hijos”. No podemos pasar por alto el versículo 6: “Estos mandamientos que hoy te doy estarán sobre tu corazón…”.

Como padres, primero se nos manda seguir a Dios y, en segundo lugar, inculcar Sus mandamientos a nuestros hijos. Lo hacemos utilizando todas las estrategias descritas en este pasaje, incluyendo aprovechar los tiempos de espera, los márgenes de la vida.

Un teléfono inteligente tiene el poder de llenar cada uno de esos momentos. Y una vez que esos momentos son ocupados por una pantalla, los momentos naturales y espontáneos en los que la fe realmente se transmite de padres a hijos comienzan a desaparecer. No porque alguien pretendiera que el teléfono inteligente tomara ese lugar, sino porque el teléfono estaba disponible y la conversación no.

Por eso les digo a los padres que las decisiones sobre el uso del teléfono inteligente no tienen que ver principalmente con los límites de tiempo frente a la pantalla ni con qué aplicaciones son peligrosas, aunque esas cosas sin duda importan. Se trata de si su familia todavía tiene márgenes; de si aún hay espacio para los momentos no planeados, para el sándwich de mantequilla de maní con Germ-X y para esa conversación que nunca habría ocurrido si todos hubieran tenido una pantalla delante. Lamentablemente, muchos padres también se pierden esos momentos porque ellos mismos están absortos en sus dispositivos.

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 «Como padres, primero se nos manda seguir a Dios y, en segundo lugar, inculcar Sus mandamientos a nuestros hijos».

 

De ninguna manera vivo esto a la perfección. He fallado muchas veces. No podría decirte cuántas veces mis propios hijos me han visto tomar el teléfono durante la cena, revisar la pantalla durante un minuto y volver a dejarlo sin decir una sola palabra sobre lo que estaba haciendo. Ellos no saben si era una emergencia, algo del trabajo o simplemente que me aburrí de la conversación. Ese no es el ejemplo que quiero darles y sospecho que, si eres sincero, tú también tienes una versión de esa historia.

La verdadera pregunta que debemos hacernos

Muchos padres me preguntan: “¿A qué edad debería darle un teléfono inteligente a mi hijo?”. Lo entiendo. Es la pregunta que parece más urgente. Pero me gustaría animarte a hacerte primero una pregunta diferente.

“¿Qué clase de familia queremos ser y este teléfono nos ayuda a lograrlo o nos perjudica?”

Esa pregunta cambia por completo la perspectiva. No se trata de si tu hijo será el único de su grado que no tenga teléfono, aunque sé que esa presión es real. Se trata de si este dispositivo, en esta etapa de la vida de tu hijo, protegerá o erosionará aquello que estás tratando de construir: tiempo juntos, conversaciones que conduzcan a algo y un hogar donde la fe no sea un tema reservado únicamente para los domingos.

Para mi familia, apoyamos la orientación general de Jonathan Haidt en su libro La generación ansiosa de no dar teléfonos inteligentes antes de los 14 años y de no permitir el uso de redes sociales antes de los 16. Mis hijas mayores no tuvieron teléfono hasta, al menos, los 16 años, e incluso después de eso fueron muy cuidadosas con las redes sociales. Mi hija de 15 años todavía no tiene uno.

No cargamos los teléfonos en las habitaciones, y mi esposa y yo tenemos acceso a todas las contraseñas. No impongo esta regla porque piense que los teléfonos sean malos. Establezco este límite porque quiero que los márgenes de nuestra vida familiar permanezcan abiertos el mayor tiempo posible. Y después de 30 años sirviendo en el ministerio juvenil y familiar, he visto de primera mano los peligros.

Administra el dispositivo y forma el corazón

Si recordaras una sola frase de todo este artículo, me gustaría que fuera esta: Administra el dispositivo; forma el corazón.

Léela de nuevo. Puedes encontrar suficiente ayuda en YouTube para configurar el dispositivo de tu hijo de tal manera que, literalmente, solo pueda hacer llamadas telefónicas. Pero no existe ninguna aplicación que impida que vea pornografía en el dispositivo de un amigo. La parte del “dispositivo” de este principio es la más sencilla: no permitir teléfonos en las habitaciones durante la noche; no usar teléfonos en la mesa durante las comidas; tener una estación de carga central para toda la familia, no solo para los hijos. Estas medidas no son arbitrarias.

Las barreras de contención en una carretera no están allí porque la carretera sea mala. Están allí por el riesgo que existe y porque permiten conducir con mayor libertad y seguridad dentro de sus límites.

Pero administrar el dispositivo es solo el primer paso. Formar el corazón es la tarea más larga y lenta, y es la parte que realmente requiere de ti, no de una aplicación. Es posible restringir un teléfono hasta el punto de que prácticamente no haga nada, pero ninguna aplicación puede discipular un corazón. Por eso la conversación sobre los teléfonos inteligentes es, antes que nada, una conversación sobre discipulado.

Así es como esto se ve en la práctica: en lugar de obsesionarte únicamente con los controles parentales y las aplicaciones de monitoreo, también involúcrate con tu adolescente mediante preguntas y conversaciones: “¿Qué viste hoy en internet que te hizo reír?”, “¿Qué viste que te acercó más a Jesús?”, “¿Cómo respondes cuando tu contenido muestra algo inapropiado?”, “¿El uso de tu teléfono está ayudando o perjudicando tu caminar con el Señor?”.

Un padre involucrado que hace preguntas reflexivas es más poderoso que cualquier aplicación o restricción que puedas implementar. Tu mayor fortaleza para ayudar a tu hijo adolescente a sobrevivir al bombardeo de la tecnología y las redes sociales eres tú.

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 «Es posible restringir un teléfono hasta el punto de que prácticamente no haga nada, pero ninguna aplicación puede discipular un corazón».

 

Les digo a los padres todo el tiempo que quieren que sus hijos fracasen en casa. No porque el fracaso sea la meta, sino porque el hogar es el lugar donde el fracaso encuentra gracia, una conversación y una nueva oportunidad.

“Eso no funcionó. Hagamos algunos ajustes. Intentémoslo de nuevo.”

Eso es discipulado. Eso es Deuteronomio 6 en tiempo real, no dentro de un salón de clases, sino en medio del verdadero desorden de la vida familiar.

Tres versículos que generan excelentes conversaciones

En estas conversaciones vuelvo con frecuencia a tres pasajes bíblicos. Filipenses 4:8 nos dice qué cosas deben llenar nuestra mente.

Proverbios 4:23 nos enseña una verdad fundamental.

“Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).

El apóstol Pablo amplía este concepto al añadir un filtro para aquello en lo que debemos pensar.

“Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio” (Filipenses 4:8).

A esto añade la instrucción de Pablo en Colosenses 3:1–2, donde se nos exhorta a poner el corazón y la mente en las cosas de arriba. ¡Solo puedo imaginar cuánto más enérgicamente habría hablado Pablo a la ciudad de Colosas si las redes sociales hubieran existido en aquella época!

“Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1–2).

Une estos tres pasajes y tendrás un excelente filtro para la relación de una familia con la tecnología. No se trata de preguntar: “¿Esta aplicación es mala?”, sino: “¿Lo que está entrando en nuestro corazón a través de nuestras pantallas es el tipo de cosas que Pablo describe en Filipenses? ¿Estamos cuidando nuestro corazón como nos enseña Proverbios? ¿Qué significa, en esta situación, poner nuestra mente en las cosas de arriba?”.

Esa es una conversación que puedes tener tanto con un niño de 10 años como con un adolescente de 16. No es una conferencia. Es un diálogo continuo, que va creciendo y evolucionando, exactamente como lo describe Deuteronomio 6.

No es demasiado tarde

Si estás leyendo esto y piensas en el teléfono que ya entregaste, en la estación de carga que ya instalaste en la habitación o en los años de cenas en los que todos permanecieron en silencio mirando sus pantallas, quiero decirte esto con toda claridad: incluso ahora, no es demasiado tarde. Aun si tienes un hijo de 17 años que nunca ha tenido restricciones en su teléfono, todavía puedes hablar con él sobre cómo aplicar la sabiduría bíblica al uso de los teléfonos inteligentes y tener excelentes conversaciones.

El discipulado familiar nunca fue una decisión que se toma una sola vez y que simplemente se hace bien o mal. Es una conversación continua que ocurre en los momentos cotidianos, y siempre habrá un nuevo momento por delante. Hoy puede ser uno de ellos.

No necesitas hacer un gran gesto ni transformar toda la dinámica de tu hogar esta noche. Empieza con una sola cosa. Saca el cargador de la habitación. Ten la conversación sobre “qué clase de familia queremos ser”, aunque resulte incómoda. Guarda tu propio teléfono durante la cena y explícales a tus hijos por qué lo estás haciendo.

Tal como sucede en el Shemá de Deuteronomio 6, el proceso comienza cuando los padres dan el primer paso. Nuestro llamado es seguir al Señor e invitar a nuestros hijos a caminar con Él. Ese orden se aplica a casi todos los aspectos de la vida.

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 «Nuestro llamado es seguir al Señor e invitar a nuestros hijos a caminar con Él. Ese orden se aplica a casi todos los aspectos de la vida».

 

Las oportunidades que existen en los márgenes de la vida siguen allí, esperando a que un padre intencional dé un paso al frente. Y cuando lo hagas, quizá te sorprenda la manera en que Dios se hace presente en esos momentos. Tal vez no con un sándwich de mantequilla de maní untado con un dedo lleno de Germ-X…, pero sí con algo igual de memorable y mucho más duradero.
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Steve Otey es el fundador de Engage Family Ministries, una organización sin fines de lucro que ayuda a las familias cristianas a acercarse a Dios y entre sí. Creció en la Iglesia Metodista Libre y se graduó de la Universidad de Greenville. Ha servido en el ministerio juvenil y familiar durante casi tres décadas. También inventó 9 Square in the Air, un popular juego grupal utilizado cada año por casi cuatro millones de personas en más de 25 países. Él y su esposa viven en St. Louis junto con sus cuatro hijas.

 

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