Por Ava Flores
Estas fueron las primeras cosas que escribí en mi cuaderno durante la sesión inaugural del Encuentro Next Gen 10:2. Se invitó a miembros de la Generación Z de la Costa Este a participar en una conferencia en Christ Community Church, en Columbus, Georgia, a mediados de junio, y tuve el privilegio de viajar desde Rochester junto con algunas personas de la Conferencia Genesis.
La iglesia fue increíblemente hospitalaria, y las sesiones a lo largo del fin de semana fueron flexibles, permitiendo que el Espíritu Santo se moviera entre nosotros mientras explorábamos temas de identidad, fortaleza, dones espirituales y discipulado. Lucas 10:2 estuvo en el centro de todo: “La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros —les dijo—. Por tanto, pidan al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo”. Esto nos llevó a reflexionar: “¿Estamos tan ocupados poseyendo la tierra que no hemos preparado a los próximos líderes?”
Como respuesta, los superintendentes y los tres obispos derramaron vida sobre nosotros al compartir su pasión por levantar a la próxima generación bajo la Gran Comisión.
Cuestionando las suposiciones de la cultura ministerial
Como recién graduada de la universidad, acabo de concluir mi primer año sirviendo como directora residente en Roberts Wesleyan University, una institución educativa de la Iglesia Metodista Libre en Nueva York. ¡El privilegio de que tu trabajo de tiempo completo sea en la educación superior cristiana es que tu ministerio es alentado en el lugar de trabajo! Se entrelaza con tu vida, y eres testigo de fidelidad, sacrificio e increíbles historias de la provisión de Dios. Pero también ves agotamiento, desilusión y la expectativa silenciosa que a veces acompaña a la cultura ministerial: si estás sirviendo bien a Dios, debería costarte algo.
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«¿Estamos tan ocupados poseyendo la tierra que no hemos preparado a los próximos líderes?»
Por eso la letra de “I Need You”, de Gable Price, resuena tanto conmigo: “Smile with your teeth. Your bruises make a lovely accessory. Have some guts, kid. This is ministry” (“Sonríe mostrando los dientes. Tus moretones son un hermoso accesorio. Ten valor, joven. Esto es el ministerio”).
Es una crítica sarcástica a la manera en que el sufrimiento en el ministerio suele romantizarse en lugar de afrontarse. El agotamiento se convierte en una prueba de compromiso; las luchas se esconden detrás de sonrisas porque la gente espera que los líderes siempre tengan todo bajo control.
Llegué a la conferencia luchando con la idea de si la incomodidad en sí misma se había convertido en mi medida de la fidelidad. Si el ministerio no dolía, ¿realmente estaba sacrificando lo suficiente? Si la obediencia parecía manejable, ¿estaba conformándome de alguna manera con menos de lo que Dios quería?
A lo largo de la conferencia, Dios comenzó a desafiar esas suposiciones.
Compartiendo en comunidad
Mientras permanecía cómodamente sentada durante un espacio abierto para que las personas compartieran sus testimonios y palabras, me alegraba saber que mi corazón no latía con fuerza, una señal inequívoca de que Dios te está impulsando a tomar el micrófono. Escuché las aportaciones de mis compañeros sobre cómo esta conferencia los estaba desafiando y los apoyé con gusto desde la comodidad de mi asiento. Pero el impecable sentido del humor de Dios hizo que el fuego en mi corazón aumentara, y de pronto mis piernas ya estaban caminando hacia el micrófono antes de que pudiera volver a sentarme.
Compartí mi testimonio, una historia que había guardado para mí y que NO tenía pensado contar delante de todos aquellos desconocidos. De esa vulnerabilidad brotaron lágrimas; lágrimas que tampoco tenía planeado derramar frente a desconocidos y por las cuales incluso pedí disculpas. Pero esos desconocidos me acercaron pañuelos y lloraron conmigo. En realidad, no eran desconocidos; eran una comunidad que compartía conmigo su amor por Jesús.
Fortaleza y dependencia
La obispa Kaye Kolde fue la primera en agradecerme por la fortaleza que demostré al compartir mi historia, en abrazarme y en decirme que nunca debía disculparme por mis lágrimas. Me dijo que nuestras emociones son un regalo de Dios y que fueron dadas para compartirlas con los demás.
Sus palabras confrontaron algo que no me había dado cuenta de que llevaba dentro. En algún momento del camino, la fortaleza se había vuelto sinónimo de reprimir las emociones. Yo creía que ser fiel significaba seguir adelante, mantener la compostura y cargar los pesos en silencio. Sin embargo, las Escrituras nunca presentan la piedad como la ausencia de emociones. Los Salmos están llenos de lamentos. El mismo Jesús lloró.
¿Y si ser fuerte significara pedir ayuda? La fortaleza no se mide por cuánto peso puedo cargar por mí misma, sino por cuán firmemente me aferro a Dios y cuán dispuesta estoy a apoyarme en las personas que Él ha puesto a mi alrededor. La fortaleza bíblica es la capacidad de aferrarse, mantenerse firme y perseverar porque es Dios quien pelea las batallas. La fortaleza no es autosuficiencia. La fortaleza es dependencia.
Confianza y fidelidad
La lección que me llevé no fue preguntarme si la obediencia duele, sino dónde está puesta mi confianza. ¿Estoy confiando en la visión, el llamado, el ministerio, los resultados o incluso en los sacrificios mismos? ¿O estoy confiando en Dios? Dios nunca nos pide que glorifiquemos nuestras heridas ni que llevemos nuestros moretones como trofeos. Nos pide que caminemos, que nos aferremos a Él y que permanezcamos firmes.
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«La fortaleza no se mide por cuánto peso puedo cargar por mí misma, sino por cuán firmemente me aferro a Dios y cuán dispuesta estoy a apoyarme en las personas que Él ha puesto a mi alrededor».
Estoy agradecida por la vida que la obispa Kaye Kolde derramó sobre mí. Comprendo que estoy creciendo en una nueva generación de ministerio que les da a las mujeres la oportunidad de sostener el micrófono y llorar mientras lo hacen. Estoy agradecida por quienes fueron antes que yo y, con fortaleza bíblica, permanecieron firmes, soportando los golpes que recibieron las mujeres en el ministerio para que yo no tenga que cuestionar mi lugar en él.
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«Estoy agradecida por quienes fueron antes que yo y, con fortaleza bíblica, permanecieron firmes, soportando los golpes que recibieron las mujeres en el ministerio para que yo no tenga que cuestionar mi lugar en él».
Además, estoy agradecida por las muchas manos que prepararon los alimentos, organizaron los itinerarios y apartaron tiempo de sus vidas para brindar a mi generación un espacio donde ser fortalecida en nuestros llamados durante el Encuentro 10:2. Agradezco la confianza de los líderes de mi iglesia al financiar mi viaje, y quiero expresar cuánto cambió este encuentro mi perspectiva sobre la fortaleza. La incomodidad no es prueba de obediencia, y el sufrimiento no es la meta del ministerio. La fidelidad sí lo es.
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