Obispa Linda J. Adams

Obispa Linda J. Adams

La Obispa Linda J. Adams, D. Min., fue elegida a la Junta de Obispos en la Conferencia General de 2019 después de ser directora de ICCM durante 11 años. Anteriormente sirvió como pastora en Nueva York, Illinois y Michigan. Como obispa, supervisa los ministerios Metodistas Libres en las porciones Norte y Centro Norte de los Estados Unidos, y también en Latinoamérica.

por Obispa Linda J. Adams

Después de un servicio de Santa Cena en la Iglesia New Hope (Nueva Esperanza), en Nueva York, una niña atrevida de 6 años se fue directo a la cocina. Mientras los ayudantes vaciaban lo que sobró de las copas de la Cena, ella pidió que le dieran algo del jugo. Al recibir permiso, exclamó: “¡Necesito toda la santidad que pueda conseguir!”

Su novedosa idea de que unas onzas de jugo de uva incrementarían su santidad no es mucho más equivocada que algunas ideas de los adultos. El expresar su necesidad en el lenguaje de santidad la hace aparecer como los antiguos Metodistas Libres, dado que la palabra casi no se usa hoy en día.

La doctrina de la entera santificación era una batalla por la que los primeros Metodistas Libres estaban dispuestos a morir. Benjamín Tito (B. T.) Roberts, nuestro fundador principal, adoptó el deseo de Juan Wesley de recuperar el cristianismo del Nuevo Testamento; este deseo se resumía en el mandato de “levantar un pueblo santo”. Los Metodistas Libres se dedicaron a ser santos. Como Juan y Carlos Wesley, de cuya teología e himnos recibieron gran parte de su inspiración, los primeros Metodistas Libres algunas veces fueron malentendidos y recibieron burlas e insultos por su insistencia de que Dios espera y empodera una santidad integral en la vida del creyente.

El Camino Metodista Libre inicia con la Santidad Vivificante porque nuestros antepasados consideraron que una transformación radical del corazón y mente, que a su vez producían un amor hacia Dios y las personas, era un derecho de primogenitura de los hijos de Dios. Para nuestro movimiento, el abandonar la santidad como un valor distintivo equivaldría a ser tan necios como Esaú, que vendió su primogenitura por un plato de lentejas (véase Génesis 25:19-34). Dios quiere que los Metodistas Libres del siglo 21 crean en, y experimenten la presencia del Espíritu Santo que nos hace más como Jesús desde adentro hacia afuera. Ser hechos santos nos trae libertad y vida. ¡Este es nuestro mensaje!

La Letra Mata

Al empezar, los que hemos estado en esta familia denominacional por muchos años, tenemos que reconocer que en ocasiones hemos visto promulgado una santidad que no era tan vivificante. Si nos imaginamos el Camino de Santidad discurriendo por terrenos variados, y generaciones de Metodistas Libres viajando sobre él, describiéndolo y enseñando a otros sobre ese camino, notaremos que algunos cayeron en la Zanja del Legalismo (otros movimientos se han desviado hacia la zanja opuesta, ya sea el del Desenfreno o el Liberalismo, pero esos no ha sido nuestro error).

Al seguir las “Reglas Generales para la Conducta Cristiana” de Juan Wesley, y al añadir una regla contra la compra, venta o posesión de un ser humano como esclavo, los primeros Metodistas Libres adoptaron reglas para una vida santa. Ellos pensaron que esas definiciones les daban claridad y objetividad, así que prohibieron acciones y actitudes pecaminosas, y definieron y requirieron comportamiento de la vida de santidad. Por ejemplo, las reglas prohibían el uso del tabaco, opiáceos y alcohol, diversiones mundanas, la membresía en logias que requerían un juramento secreto, y el lenguaje profano, y palabras vulgares. Se requería sencillez en el vestir, integridad en los negocios, y una cuidadosa observancia a los servicios de adoración, oración, lectura de las Escrituras y el diezmo. Se crearon estructuras de rendición relacional de cuentas para ayudar tanto a los nuevos creyente como a los cristianos maduros, a vivir la vida de santidad según se definía en estos términos.

Uno de los problemas de un enfoque basado en reglas es que las reglas y las prohibiciones se multiplican. Igual como había pasado con los fariseos en los días de Jesús, las buenas motivaciones se perdían en la proliferación de las leyes. Como un ejemplo de nuestro pasado, yo disfruto leyendo las historias de las mujeres predicadoras del siglo 19. Una de las historias personales de una evangelista pionera nos relata como ella daba testimonio en tabernas y burdeles que resultaron en conversiones dramáticas. Pero entonces cuenta su agonía sobre la regla en contra de collares decorativos y botones de las blusas de las mujeres. Ella deseaba tanto ser santa, a entregarse totalmente al Señor y a consagrar todo su ser a la obra de Dios – pero luchó poderosamente con su sentimiento de culpa al no querer modificar sus blusas ¡para convertirlas en algo sencillo!

Eventualmente, incorporamos una verdad escritural de contrapeso. Como escribió Pablo a los Corintios: “Él nos ha capacitado para ser servidores de un nuevo pacto, no el de la letra, sino el del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Corintios 3:6). La muerte sacrificial y resurrección de Jesús trajeron salvación por gracia por medio de la fe, como lo proclamó Pablo en Efesios 2:8-9: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios. No por obras, para que nadie se jacte”. Y de su carta a los Gálatas: “¿Recibieron el Espíritu por las obras que demanda la ley, o por la fe con que aceptaron el mensaje? ¿Tan torpes son? Después de haber comenzado con el Espíritu, ¿pretenden ahora perfeccionarse con esfuerzos humanos”? (Gálatas 3:2b-3). A través de varias décadas, hemos tratado de reorientar nuestro rumbo para salir de la Zanja del Legalismo y llegar al centro de gracia del Camino de Santidad.

El Espíritu da Vida

La Constitución en nuestro Libro de Disciplina de 2019 declara este Artículo de Religión:

119 (¶106 en Disciplina Mexicana de 2016) La Santificación es aquella obra salvadora de Dios que empieza con nueva vida en Cristo por la cual el Espíritu Santo renueva a su pueblo a la imagen de Dios, transformándoles por medio de momentos decisivos dentro de un proceso extendido de un estado de gloria a otro, y conformándolo a la imagen de Cristo.

Al rendirse a Dios en fe, y al morir a sí mismo a través de la entera consagración, el Espíritu Santo llena a los creyentes de amor, y los purifica del pecado. Esta relación santificadora con Dios sana la mente dividida, redirige el corazón hacia Dios, y capacita a los creyentes para agradar y servir a Dios en sus vidas cotidianas.

De esta forma, Dios libera a su pueblo para amarle con todo su corazón, alma, mente y fuerza, y para amar a su prójimo como a sí mismo

Notemos que la santificación – o sea, siendo hecho santo – es parte de la obra salvadora de Dios. Esta acción de la gracia de Dios comienza con nueva vida en Cristo, mientras el Espíritu Santo obra en la vida del creyente para hacernos más como Dios por medio de crisis y proceso. En otras palabras, los Metodistas Libres han dejado oficialmente de pelear la batalla “y/o” entre la transformación instantánea o gradual a la imagen de Cristo. Sino que afirmamos que es un “ambas/y” de una vida entregada a Dios, muerta al ego por medio de una consagración completa, y llenada del Espíritu Santo – una relación de toda la vida que normalmente involucra oportunidades de crisis para un crecimiento acelerado a lo largo del camino.

Los Santos (el término bíblico para todos los que han sido hechos santos en Cristo) pueden atestiguar de momentos de convicción de pecado, arrepentimiento, y entrega a la obra refinadora de Dios. Algunos pueden testificar de la instantánea y dramática liberación de adicciones dañinas, actitudes pecaminosas, o alguna orientación egoísta. En un momento, ellos sintieron el poder de Dios purificándolos y llenándolos, y fueron cambiados para siempre. Para algunos, las experiencias de crisis son como el disparo de salida de una maratón de la vida en el Espíritu Santo. Para otros, la jornada de fe puede ser menos accidentada con altos y bajos, pero está marcada por un progreso sostenido y un crecimiento en la gracia.

Notemos el fruto de la vida de santidad descrito en este Artículo de Religión. Somos llenados del amor y purificados de pecado. Dios sana la mente dividida, reorienta el corazón, y empodera a los creyentes para agradar y servir a Dios en sus vidas diarias. Nosotros, el pueblo santificado somos libres para amar a Dios con todo nuestro ser y amar a las personas como a nosotros mismos. ¡Qué vivificante!

El Nuevo Testamento expresa la evidencia de la presencia del Espíritu, tanto en términos de fruto (Gálatas 5:22-23), como de dones (1 Corintios 12:7–11). Nosotros afirmamos la realidad y la necesidad de ambos, y anhelamos que nuestras iglesias estén avivados por el Espíritu, de modo que ambos sean claramente vistos. Como se experimentó en el libro de Los Hechos y se enseñó en todo el Nuevo Testamento, el Espíritu de Dios ha sido derramado, de tal manera que los creyentes pueden experimentar Su presencia sobrenatural. Los creyentes llenos del Espíritu reciben el poder para adorar, testificar, proclamar, orar y servir, en ocasiones acompañado por milagros. Tanto el fruto del Espíritu como los dones del Espíritu son para mostrar la gloria de Dios.

Gracia para Todo el Peregrinaje

La teología wesleyana ha sido llamada una teología optimista. ¿Por qué? Porque creemos en las posibilidades de gracia para cambiar radicalmente los corazones humanos y las vidas, a este lado de nuestra muerte. Dios ha diseñado y provisto para cada paso en nuestro peregrinaje transformador, mientras el Espíritu Santo interactúa con personas de libre albedrío, guiándonos con Su gracia a lo largo del sendero hasta que veamos a Dios cara a cara.

Afirmamos el “Ordo Salutis” de Juan Wesley, o el Camino de Salvación. Wesley enseñó que Dios primero obra en todas las personas por medio de la Gracia Preveniente, preparando los corazones para abrirse hacia Dios. La Gracia Convincente de Dios nos despierta la consciencia a nuestro pecado, y el deseo de aceptar el remedio de Dios. La Gracia Justificadora nos coloca en una relación salvadora con Dios por medio de la fe en la obra consumada de Cristo, somos convertidos y asegurados de que somos amados hijos de Dios. Juan Wesley dijo de la siguiente fase en la obra de la gracia de Dios, la Gracia Santificadora, “Es posiblemente por esta razón que Dios ha levantado a los Metodistas”. Dios no solo desea santificarnos, también logra la santidad en nosotros según respondamos: la evidencia de que esta santidad es amor profundo. Finalmente, por medio de la Gracia Glorificadora, en el momento de la muerte Dios nos transforma a la inmortalidad, y somos llevados a la vida de Dios.

Una noche hace muchos años, me senté en lo alto de un techo con un amigo calvinista, y discutimos sobre la teología hasta que salió el sol. Nunca olvidaré su asombro de que yo no comparto su convicción de que “pecamos todos los días en pensamiento, palabra y obra” y somos condenados a repetirlo hasta el día en que muramos. Él no podía entender la profundidad de la gracia que los Wesleyanos experimentamos y proclamamos. El término “entera santificación” particularmente lo hizo tropezar. Muchos otros han tropezado con esa frase, un fundamento de la teología wesleyana y Metodista Libre. Mi amigo y yo hojeamos nuestras Biblias y pintamos cuadros contrastantes de las posibilidades de santidad en la vida del creyente.

Estas son algunas de las muchas referencias sobre las que se basan nuestras creencias (véase capítulo 3, “El Peregrinaje Cristiano”, en el Libro de Disciplina, particularmente ¶3108, La Santificación, para más información sobre nuestro fundamento bíblico).

“Más bien sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: ‘Sean santos, porque yo soy santo’” (1 Pedro 1:15-16), citando tres menciones en Levítico).

“Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser –espíritu, alma y cuerpo—irreprochable para la venida. El que llama es fiel, y así lo hará” (1 Tesalonicenses 5:23-24).

“Busquen la paz con Dios, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14)

“Como tenemos estas promesas, queridos hermanos, purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación.” (2 Corintios 7:1)

Palabras como “entera” y “perfeccionando” pueden parecer un reclamo de inmunidad del pecado, o de fallas. Pero Wesley y Roberts a menudo aclararon que la realidad experimentada es de motivos puros de un corazón de amor. Los seres humanos nunca vencen la posibilidad de caer en tentación, o cometer errores de juicio, pero una vida enfocada en el Dios que es Amor puede emitir amor, que es la esencia de la santidad.

No hay Santidad aparte de Santidad Social

La dimensión horizontal de este amor se extiende no solo a la familia y los amigos, las personas con frecuencia se refieren a él como “los amados”, pero para todos. Jesús lo explicó: “Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”.  Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos.  Si ustedes aman solamente a quienes los aman ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen eso hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto”.  (Mateo 5:43-48).

La palabra griega que se usa para “perfecto” en este pasaje lleva el significado de “completo” y “maduro”. Nuestro amor no debe ser exclusivo, sin llegar a ser completo. Dios nos invita a Su propio amor ilimitado. Este es el “amor perfecto” que “echa fuera el temor” (1 Juan 4:18)

Juan Wesley famosamente escribió en su prefacio a “Himnos y Poemas Sagrados” en 1739, “‘Santos Solitarios’ es una frase no más consistente con el evangelio que ‘Santos Adúlteros’. El evangelio de Cristo no sabe de otra religión que la social; no existe ninguna santidad aparte de la santidad social. ‘La fe que obra por el amor’ es la longitud y la anchura, y la profundidad y la altura de la perfección cristiana”.

Nuestro amor no tiene ningún significado si no se expresa en gentileza, en mutua preocupación de los unos por las almas y los cuerpos de los otros, y de actos de compasión por los pobres, los que sufren, los marginados y todos aquellos por quienes Cristo murió. El contexto de esta declaración de Wesley se refiere al hecho de que encaminamos la jornada espiritual sobre un sendero comunal: nuestro crecimiento en gracia es engrandecido por las dimensiones sociales. Cuando adoramos juntos, oramos unos por otros, nos confesamos unos con los otros y nos perdonamos los unos a los otros, experimentamos “la fe que obra por el amor”. Sin embargo, el testimonio de su vida muestra su compromiso cuando se extendiende hacia los problemas sociales como el abolicionismo y la transformación comunitaria como el resultado de la santidad.

Una Teología para Cantar

Los himnos de Carlos Wesley han sido utilizados a través de nuestra historia para ayudar no solo a entender, sino a profundizar nuestra experiencia de la santidad vivificante de Dios. Terminaré con uno de esos himnos; algunas verdades van más allá de la expresión solamente en palabras, las palabras necesitan resonar con música hermosa. El excelente amor como este nos captura en “asombro, amor y alabanza” (la traducción del himno es literal).

Amor divino, que excede a todos los amores,
Gozo del cielo que baja a la tierra,
Pon en nosotros tu humilde morada,
Corona todas Tus fieles misericordias,
Jesús, Tú eres todo compasión,
Eres el amor puro, no aprisionado,
Visítanos con Tu Salvación
Entra en cada tembloroso corazón.

Exhala, sí, exhale Tu amante espíritu
A cada pecho atribulado.
Que todos nosotros en Ti heredemos
Permítenos buscar ese Segundo reposo.
Quita de nosotros el amor al pecado.
Sé el Alfa y Omega,
Fin de la Fe, como su principio
Pon nuestros corazones en la libertad.

Ven Todopoderoso a liberar.
Haznos recibir toda Tu vida,
Regresa de repente y nunca,
Nunca más abandones Tus templos.
A Ti siempre bendeciremos,
Te serviremos como los ejércitos del cielo,
Te adoran y te alaban sin cesar,
Gloria en Tu perfecto amor.

Termina entonces Tu nueva creación,
Que seamos puras y sin mancha,
Que veamos Tu gran salvación,
Restaurada perfectamente en Ti.
Cambiada de gloria en gloria
Hasta que en el cielo tengamos nuestro lugar,
Hasta que pongamos nuestras coronas delante de Ti,
Llenos de asombro, de amor y alabanza.

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Obispa Linda J. Adams

Obispa Linda J. Adams

La Obispa Linda J. Adams, D. Min., fue elegida a la Junta de Obispos en la Conferencia General de 2019 después de ser directora de ICCM durante 11 años. Anteriormente sirvió como pastora en Nueva York, Illinois y Michigan. Como obispa, supervisa los ministerios Metodistas Libres en las porciones Norte y Centro Norte de los Estados Unidos, y también en Latinoamérica.