Por Paul Castle
Pero un compromiso significativo requiere corazones apartados y profundamente arraigados en el Espíritu. La verdadera efectividad en la obra del reino siempre fluye de la pasión. Es esta pasión dada por Dios la que nos da la visión para impactar la cultura donde vivimos, trabajamos y nos desenvolvemos. Sin embargo, con demasiada frecuencia permitimos que nuestro entorno dicte nuestra pasión —o la apague— en lugar de permitir que el Espíritu Santo la alimente.
En 2015, mi familia cambió los ritmos familiares de pastorear en un pequeño pueblo rural de Michigan por el pulso crudo y vibrante del centro urbano de Indianápolis. Nos lanzamos de lleno, deseosos de servir, pero rápidamente nos dimos cuenta de que el “ministerio urbano” era un mundo completamente distinto a la tranquila iglesia de “cualquier pueblo de EE. UU.” rodeada de campos de maíz. Nada en mi experiencia me había preparado para este cambio; en muchos sentidos, era el polo opuesto de todo lo que había conocido.
La pasión con la que llegué el primer día comenzó a desvanecerse al darme cuenta de que estaba fuera de mi ambiente. Los días de programación cuidadosamente organizada y departamentos ministeriales plenamente funcionales habían quedado atrás. En su lugar, había una nueva realidad cultural —una en la que un vecino sin hogar, en ocasiones, intentaba acercarse al púlpito en medio de mi sermón dominical.
Frente a esto, aprendí que tenía una elección: retirarme a lo familiar o abrazar plenamente la cultura donde Dios nos había colocado en esa temporada. Elegimos involucrarnos. Nuestra familia se encontró con las personas de la comunidad donde estaban, y cuando no teníamos respuestas, simplemente los amábamos. Entonces comprendí que, sin una pasión genuina y guiada por el Espíritu por este lugar y estas personas específicas, nunca podría ser verdaderamente efectivo en la obra del reino.
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«Nos lanzamos de lleno, deseosos de servir, pero rápidamente nos dimos cuenta de que el “ministerio urbano” era un mundo completamente distinto a la tranquila iglesia de “cualquier pueblo de EE. UU».
Fe y cultura
Cuando la fe y la cultura se cruzan, debemos elegir valientemente el camino del compromiso — incluso cuando ese camino lleva nuestra fe sus límites.
En los círculos de la iglesia hablamos mucho de la pasión, pero rara vez la definimos. Para servir eficazmente como luz en una cultura que se oscurece, vivir el llamado de Cristo no puede ser un esfuerzo pasivo.
Mientras escribo esto, es Domingo de Resurrección. Me encuentro reflexionando sobre la “Semana de la Pasión” y lo que ese término realmente significa. En el contexto de la Semana Santa, la “Pasión” de Cristo gira en torno a su sufrimiento y su resistencia en la cruz. Destaca su dedicación intensa e inquebrantable a la voluntad del Padre. Histórica y teológicamente, la pasión sugiere una sumisión voluntaria al dolor físico y espiritual por un amor desbordante hacia la humanidad. No fue solo un sentimiento; fue un sacrificio.
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«Cuando la fe y la cultura se cruzan, debemos elegir valientemente el camino del compromiso — incluso cuando ese camino lleva nuestra fe sus límites».
A medida que la narrativa bíblica continúa después de Pentecostés, vemos cómo esta misma pasión llena los corazones de los seguidores de Jesús. Había un impulso nuevo e inexplicable para llevar el reino de Dios a la tierra. Este poder hizo que su pasión madurara en celo —una devoción ferviente y activa.
El apóstol Pablo se esfuerza enormemente por articular la importancia de esta búsqueda radical. En Romanos 12:11, advierte contra la pereza o el quedarse atrás en el celo, alertando contra la negligencia, la apatía y la falta de entrega en nuestro ministerio al interactuar con la cultura. El término griego que usa, zeontes, significa “hervir” —instando a cada creyente a mantener un espíritu ardiente, intenso y apasionado.
La pasión y el celo son las lentes a través de las cuales vemos nuestro llamado. Sin ellos, nuestro caminar con Cristo pierde enfoque, dejando nuestra misión borrosa y nuestra visión comprometida.
A lo largo de los años, ya sea en el ministerio pastoral de tiempo completo o en el campo misionero secular, he visto mi “medidor de pasión” llegar al máximo, y también lo he sentido caer hasta apenas mantenerse activo. Todos enfrentamos temporadas agotadoras en las que la llama espiritual disminuye debido a épocas de sequedad, el ruido de la ocupación o el peso de un contexto ministerial difícil.
Restaurando el fuego
En esas temporadas en las que la llama se siente más como una brasa, debemos recordar que la pasión no es solo algo que sentimos —es algo que cultivamos. La Palabra de Dios nos da maneras prácticas de restaurar ese fuego:
- Prioriza la comunidad sobre el aislamiento: La sequedad prospera en la oscuridad, pero la convivencia trae renovación. Cuando nos apartamos del cuerpo de Cristo, perdemos nuestro calor. Mantente conectado; la comunidad riega el alma. (Hechos 2:42–47)
- Adora con intencionalidad: La adoración es una disciplina que realinea nuestro corazón. Experimentamos la presencia de Dios cuando elegimos alabarle, lo sintamos o no. (Salmo 16:11)
- Arrepiéntete de los impedimentos ocultos: El pecado no confesado es casi siempre una causa importante de perder el celo espiritual. Actúa como una barrera para la comunión con Dios, creando sequedad espiritual. (Apocalipsis 3:19)
- Ora con pureza y honestidad: Pide a Dios una pasión renovada, reflexionando sobre su fidelidad constante del pasado. Recordar tu primer encuentro con Cristo suele ser el catalizador de una nueva llama de pasión. (Apocalipsis 2:4–5)
- Sumérgete en la Palabra viva: A menudo olvidamos que la Biblia no es un libro estático, sino que es “viva y eficaz”. Permite que la Palabra exponga las zonas que pueden haberse enfriado. Es el combustible que enciende la mente y calienta el corazón. (Hebreos 4:12; Romanos 12:2)
Pasión por Jesús
Durante nuestro ministerio en Indianápolis, tuve el privilegio de conectar y orar con un amigo llamado Wesley. Había sido miembro activo de nuestra iglesia durante muchos años y había dedicado su vida a predicar y vivir el evangelio en el campo misionero.
Durante el último año de su vida, a medida que su salud se deterioraba, nuestras conversaciones se volvieron profundamente reflexivas. Con lágrimas, me contaba historias de cómo Dios obró de manera milagrosa durante sus décadas en la India, y yo podía sentir el calor del fuego que aún ardía dentro de él. Incluso en sus últimos días, era evidente que una pasión inquebrantable por la obra del Señor seguía siendo el motor de su ministerio. Una vez escribió en su libro “Ablaze for God [Ardiendo por Dios]”:
“Todas las demás pasiones se construyen sobre o fluyen de tu pasión por Jesús… El peligro más crucial para un cristiano es carecer de pasión por Cristo. El camino más directo hacia la renovación es una nueva pasión por Jesús que lo consuma todo. Señor, danos esta pasión, cueste lo que cueste”. (Wesley Duewel)
Como cuerpo de Cristo, cada uno de nosotros está llamado a involucrarse con su cultura y reflejar la luz de Jesús en cada temporada de la vida. Que cada día seamos impulsados por una pasión renovada por el llamado que todos hemos recibido —hacer la voluntad de Cristo en cada momento—.
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«Como cuerpo de Cristo, cada uno de nosotros está llamado a involucrarse con su cultura y reflejar la luz de Jesús en cada temporada de la vida».
Recordemos que, aunque la pasión enciende nuestros corazones, el celo impulsa nuestras acciones. Ya sea en tareas pequeñas y silenciosas o en grandes desafíos, Dios busca un corazón encendido por su misión. Que no le ofrezcamos nada menos.
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