Por Gerald Coates
Un experto en la Ley le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?” Él respondió: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” —respondió Jesús—. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mateo 22:36-40).
Esta declaración de Jesús pone en marcha el razonamiento moral para todos los mandamientos. Es el amor supremo por Dios que se manifiesta en cada relación. El primero de los Diez Mandamientos es “No tengas otros dioses además de mí” (Éxodo 20:3). El amor a Dios protege nuestros corazones contra la idolatría en todas sus formas.
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«Con frecuencia nos miramos desde una postura política, llegando incluso a evaluar la autenticidad de la fe a partir de ello».
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Ídolos americanos
Hace años, cuando estábamos buscando una casa en el lado este de Indianápolis, nos sorprendió un poco al entrar en una posible vivienda y ver que lo que normalmente se habría usado como comedor había sido transformado en un centro familiar de adoración hindú. Había varios ídolos, un lugar para quemar incienso, etc. No me sentí ofendido, sino curioso.
Al reflexionar más sobre la idolatría, leí esta frase de Dallas Willard en The Great Omission: [La gran omisión]: “La idolatría está marcada por la voluntad de usar a Dios para nuestros propósitos”. Eso es, en esencia, la idolatría de gran parte del cristianismo estadounidense. Es usar a Jesús para llegar al cielo, usar a Dios para bendecir mi vida, centrar el Espíritu Santo en mis necesidades en lugar de en la gloria de Jesús. Es la definición clásica del pecado tanto de Agustín como de Lutero: incurvatus in se, “curvado sobre sí mismo”.
Hoy quiero nombrar otro ídolo en los Estados Unidos. En términos generales (y reconozco que es una generalización), los cristianos en este país suelen llevar su lealtad política al nivel de idolatría. El simple hecho de la reacción emocional a esta afirmación ya es en sí mismo una pequeña prueba. Demasiado a menudo no nos vemos primero como hermanos y hermanas en Cristo. Con frecuencia nos miramos desde una postura política, llegando incluso a evaluar la autenticidad de la fe a partir de ello.
Nuestra esperanza está cimentada en Jesús, no en el gobierno, no en un partido político, no en una política pública. Reconozco que he sido profundamente impactado por nuestra iglesia global, que a menudo vive su fe en medio de la opresión e incluso de la persecución abierta. Estoy agradecido por la libertad de expresión, por nuestra Carta de Derechos, por la libertad de participar en el gobierno; pero nada de esto es esencial para la fe.
Pensemos en los inicios de la iglesia bajo la opresión romana y en su largo caminar a través de la Edad Media. Pensemos también en la Inglaterra del siglo XVIII antes del avivamiento en los días de John y Charles Wesley.
Lo que hemos visto en los últimos 25 o 30 años es una creciente división entre creyentes, no por doctrina, sino por política. Cuando cualquier lealtad se eleva por encima de nuestra obediencia a Jesús, eso es idolatría. Cuando nuestro corazón es motivado por algo que no sea el amor a Dios y al prójimo, en su nivel más básico, eso es una forma de idolatría.
No es que los temas no sean importantes, ni que no debamos buscar justicia, pero nuestra idolatría consiste en separar nuestro llamado a la justicia de la humildad y la misericordia a la que Dios nos llama (ver Miqueas 6:8).
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«Dios siempre me llama a una dependencia más profunda de Él».
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Estoy caminando este trayecto contigo, tratando de encontrar la manera correcta de hablar la verdad en amor, reconociendo al mismo tiempo que aún no he llegado. Todavía estoy en proceso, sigo creciendo, sigo necesitando ánimo y corrección. Pero en el fondo de todo, quiero ser guiado por el amor a Dios y el amor al prójimo. Quiero que mi lealtad suprema sea para Jesús.
En Josué 24, Josué exhorta al pueblo a desechar sus ídolos y seguir de todo corazón al Señor. Se me ocurre que algunos de esos ídolos tal vez habían sido cargados durante 40 años y pasados de padres a hijos sobrevivientes. En un gran momento de rendición, el pueblo promete servir al Señor. Qué triste que, en una sola generación, la idolatría volvió a ser parte de la vida cotidiana de los israelitas ya establecidos. En Jueces 2 se nos dice cómo los israelitas sirvieron a los Baales. Siempre estamos a solo una generación de la idolatría absoluta.
Espero que mis hijos me conozcan más por mi amor a Jesús y por mi amor a las personas que por mis inclinaciones políticas. Lo que he querido transmitirles es una fe vibrante, no una pasión política. Reconozco que necesito un constante fluir de arrepentimiento. Mi corazón y mi mente se inclinan hacia la autosuficiencia y la autosatisfacción. Pero Dios siempre me llama a una dependencia más profunda de Él. Que el Señor nos ayude a todos mientras buscamos Su reino y Su justicia.
“Pero que Cristo sea para mí todo el mundo, y que todo mi corazón sea amor”.
(Última línea del himno de Charles Wesley, “¡My God! I Know, I Feel Thee Mine”).
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Gerald Coates es un presbitero ordenado que sirve como catalizador estratégico para la colaboración global en el Equipo de Liderazgo Nacional de la Iglesia Metodista Libre de EE. UU. y como director de compromiso global para las Misiones Mundiales Metodistas Libres. Anteriormente se desempeñó como pastor principal de la Iglesia Metodista Libre de Moundford y como director de Light + Life Communications.
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