Por John Harrell

“Alquilar bancas” suele levantar las cejas. Al oír por primera vez sobre los orígenes metodistas libres, muchos que no conocen la tradición wesleyana de B.T. Roberts se sorprenden de que las iglesias cristianas alguna vez cobraran a los devotos por reservar sus asientos de domingo.

Pero así fue en 1860. “Todos los asientos serán para siempre libres”, declara el Libro de Disciplina Metodista Libre, unas 39 Conferencias Generales después de que Roberts y su grupo de inconformes eclesiásticos afirmaran con sus pies y sus púlpitos que las buenas nuevas para los pobres eran más importantes que la recaudación de fondos para la parroquia, especialmente cuando esta los enviaba a asientos de segunda clase.

Y así también es en 2025. Hoy las barreras para la comunión no consisten en pagar por un asiento, sino por otras formas de convivencia. El estudio bíblico, supuestamente abierto a todos, pero que se reúne en un restaurante y no menciona ninguna ayuda económica en la invitación, quizás no cobre por la banca, pero hay un tipo de exclusión implícita: o pasas hambre mientras los demás comen, o gastas dinero que podría haberse usado para sobrevivir. El asiento sigue teniendo costo. No todos los creyentes pueden pagar un plato de pasta de $17 ni soportar la incomodidad de ser el único que no ordena comida.

La comida “gratis” también puede tener costos ocultos. Las comidas comunitarias, a menudo opciones económicas frente a proveer alimento para toda una congregación, invitan a la gente a compartir lo que tiene. Pero cuando pedimos que las familias con apellidos de la K a la Q traigan un aperitivo cubierto, ¿no estamos asumiendo que esas familias tienen los medios para hacerlo? ¿Y qué del padre o madre soltera cuyo servicio de agua está por cortarse? ¿Deberíamos esperar que esa familia traiga una cacerola?

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 «¿Cómo puede la iglesia salvaguardar la peculiar libertad para la cual Cristo la hizo libre?» 

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Acceso y dignidad

Las barreras de recursos sean leves o fuertes, tienen el mismo efecto que cobrar dinero por los asientos del domingo. En el fondo, se trata de acceso y dignidad, del convencimiento original metodista libre de que la vida en la gracia de Jesús, vivida en comunidad, debe estar libre de obstáculos para personas de todo nivel económico, especialmente para los pobres. No está mal que la iglesia ofrezca estudios bíblicos en restaurantes. Tampoco está mal realizar comidas compartidas o experiencias misioneras que tengan algún costo.

La pregunta es: ¿cómo puede la iglesia eliminar los obstáculos de clase, implícitos o explícitos, en la participación? Si IMC significa Iglesia Metodista Libre (y no “moderadamente de clase media”), y si la palabra Libre originalmente quería decir, en parte, “no tienes que pagar para adorar aquí”, ¿cómo puede la iglesia salvaguardar la peculiar libertad para la cual Cristo la hizo libre?

Becas y Sociedades

Ocho palabras, repetidas con cuidado a lo largo del tiempo en todos los programas de la iglesia, pueden marcar una gran diferencia: “Siempre hay becas disponibles. Solo dilo”. Para la familia con dificultades económicas, esas palabras comunican: Te queremos aquí. Sin costo.

¿Qué pasaría si ese grupo de estudio bíblico que se reúne en Applebee’s se convirtiera no solo en un grupo de estudio, sino en un ministerio de hospitalidad que ofrece la Palabra de Dios y una comida deliciosa a cualquier padre agotado que llegue (quien, por cierto, recibe también una hora de cuidado infantil gratuito ofrecido por un voluntario de la iglesia)?

Las comidas congregacionales tampoco tendrían que desaparecer. Nuevamente, unas pocas palabras —impresas, enviadas por mensaje, dichas desde el púlpito o mostradas en un cartel— pueden cambiar toda la ecuación para una familia que vive en pobreza: “Trae algo si puedes. Si no puedes, ven igual y come gratis. Eres parte de nosotros.”

“Gratis”, como dice un pariente mío, “es mi sabor favorito.” También es nuestro sabor elegido como movimiento, y lo es a propósito, tanto que la Disciplina se repite: “Todos los asientos serán libres”. Afortunadamente, el mensaje parece estar llegando. El mes pasado, un podcaster metodista lo expresó bien cuando, al describir un recurso a la venta, dijo que había becas disponibles. Ese es el espíritu.

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 «Podemos hacerlo mejor». 

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Pero hay que protegerlo. Una sociedad tiende a ajustarse a los supuestos de clase de su clase dominante. Por eso las “sociedades” metodistas libres (el término técnico para nuestras iglesias) implican una vigilancia constante para asegurar que la comunión no requiera un “salto con garrocha” económico.

¿Quiénes son las almas prudentes y valientes que pueden levantar la mano y decir: Necesitamos asegurarnos de que la gente sepa que el viaje misionero está abierto a todos, incluso a quienes no pueden o no deben pagar”? ¿Quién, en la junta o el equipo financiero, asumirá la tarea de incluir en el presupuesto anual suficientes fondos para absorber esas becas del “fondo libre”? ¿Quiénes son los pastores dispuestos a declarar, como lo hicieron Roberts y los suyos, aunque les costara oposición, que mantener las buenas nuevas accesibles a los pobres realmente es más importante que los ingresos que atropellan la dignidad?

Eliminar las barreras económicas a la comunión es un proceso complicado. Significa reimaginar cómo partimos el pan juntos “con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46 RVR1960). ¿Difícil? ¿Logísticamente complicado? Por supuesto. Algunas formas queridas de reunirse tendrán que cambiar. Habrá algo de duelo.

Es mucho pedir. Pero también lo es nuestro status quo para los pobres. Podemos hacerlo mejor. Y aun si derribar los muros de pago alrededor de la comunión cristiana parece agotador, siempre queda una alternativa: podríamos simplemente simplificar toda la estructura de ingresos, seguir el ejemplo de nuestros antecesores… y volver a alquilar las bancas.

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John Harrell es un presbítero de la conferencia Wabash/New South.

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