Por Rachael Botting

Si alguna vez lográramos organizar una reunión familiar con todas las mujeres de mi grupo pequeño, tendríamos 16 mujeres y 28 niños —todos menores de 5 años—. Sería caótica y ruidosa, y sería hermosa.

Aunque todavía no hemos logrado esa reunión, tenemos la bendición de reunirnos como mamás cada dos semanas para estudiar las Escrituras y hablar juntas sobre nuestra fe. No es tan ruidoso, pero es igual de hermoso. A menudo leemos un libro o vemos una serie de videos juntas, pero como líder, lo que más amo es el inicio y el final del grupo.

Mientras algunas llegan poco a poco al comienzo, o recogen lentamente sus pertenencias al final, nos tomamos tiempo para compartir la vida juntas, para hablar de los hijos que tenemos y de los hijos por los que estamos orando, y para apoyarnos y animarnos unas a otras como discípulas de Jesús que oran para que sus hijos algún día asuman esa misma identidad. Actualmente, muchas de nosotras estamos discerniendo decisiones relacionadas con la educación de nuestros hijos. Coincidimos en que no existe una opción “correcta” para cada niño, cada familia, cada lugar o cada momento.

Pero, independientemente de lo que elijamos, hay un temor que golpea la puerta de todos nuestros corazones: ¿estoy haciendo lo suficiente? Estoy segura de que no somos las únicas.

Transmitiendo la fe

Como padres cristianos, deseamos que nuestros hijos crezcan y sigan a Jesús por decisión propia, y es natural preguntarnos —especialmente porque los padres suelen ser la principal fuente de influencia en este ámbito— si todo lo que estamos haciendo por ellos será suficiente para lograr ese objetivo.

Estas preguntas tienen peso por una razón: la investigación ha demostrado una y otra vez que, en lo que respecta a la fe religiosa, nada supera el poder formativo de los padres. Sin embargo, he encontrado esperanza en los hallazgos de un estudio del National Study of Youth and Religion, cuyos resultados fueron compartidos en el libro Handing Down the Faith [Transmitiendo la fe].

Este estudio nacional analizó una multitud de factores que contribuyen a la transmisión de la fe de una generación a otra y aisló una variable como la más esencial: la conversación iniciada por el niño. Los padres que conversan con sus hijos sobre la fe son mucho más eficaces al transmitirla y mucho más propensos a ver que sus hijos mantengan una fe personal al llegar a la adolescencia y a la adultez joven.

Entonces, ¿qué significa tener conversaciones sobre la fe iniciadas por el niño?

_

 «Involucrarnos con los niños en conversaciones acerca de sus preguntas, sus experiencias y sus convicciones es una herramienta formativa esencial y profundamente sencilla».

_v

Con, y no a

Primero, significa que hablamos con los niños en lugar de hablarles a los niños. Cuando hablamos con ellos, los vemos como interlocutores con quienes dialogamos, y no como estudiantes a quienes enseñamos.

Cualquiera que haya enseñado en la escuela dominical o trabajado en el ministerio infantil durante algunos años le dirá que aprende tanto de los niños a quienes sirve como ellos aprenden de él. Si alguna vez has estado cerca de un niño entre 4 y 8 años, sabes que la “fe como la de un niño” no puede significar “una fe sin preguntas”.

Los niños hacen muchísimas preguntas, y a menudo me pregunto si, cuando Jesús habla de “fe como la de un niño”, estaba elogiando su disposición a hacer preguntas a un Dios amoroso y digno de confianza, en lugar de su ignorancia o ingenuidad.

Involucrarnos con los niños en conversaciones acerca de sus preguntas, sus experiencias y sus convicciones es una herramienta formativa esencial y profundamente sencilla.

Conversación informal

Segundo, significa que si eres como yo y tus hijos simplemente no se quedan quietos para un devocional familiar o una historia bíblica, no tienes que culparte. Cada vez que leo los evangelios, me llama la atención cuánto de la enseñanza de Jesús con sus discípulos ocurrió durante caminatas informales de un lugar a otro. Hubo momentos en que Jesús enseñó de manera intencional y directa una lección específica, pero gran parte de su enseñanza se dio a través de conversaciones informales, de vida compartida, y de reflexión sobre acontecimientos.

_

 «Un error de un padre conduce a una conversación sobre el perdón».

_v

Si bien es bueno integrar tiempos intencionales y enfocados de estudio bíblico en los ritmos familiares, también es importante aprender a involucrar todas las experiencias de la vida como herramientas de aprendizaje conversacional. Si es cierto que todas las cosas proceden de Dios y en Él se mantienen unidas (Juan 1), entonces, todo lo que experimentamos —desde lo sencillo hasta lo profundo— puede convertirse en material para la conversación.

Un gusano en la acera se convierte en una conversación sobre la creación. Una tormenta eléctrica durante un campamento conduce a una conversación sobre la confianza. El paso de una ambulancia se transforma en una conversación sobre sanidad. Un primo recién nacido abre una conversación sobre la vida. Un encuentro con un empleado de supermercado malhumorado lleva a una conversación sobre la compasión. Un error de un padre conduce a una conversación sobre el perdón.

 Asombro y descubrimiento

Tercero, significa que nos invitamos a nosotros mismos —especialmente con los niños pequeños— a ejercitar nuestro atrofiado “músculo del asombro”. Los niños se asombran de manera natural. Por eso les encanta el juego a imaginar.

Aprenden a través de historias, incluso cuando no siempre tienen sentido. Se preguntan cómo funcionan las cosas y exploran posibilidades mediante prueba y error. En lugar de darles directamente las respuestas, podemos guiarlos para que descubran las respuestas a sus preguntas, de modo que interioricen la verdad en su corazón. Iniciar conversaciones o responder preguntas con la sencilla frase “Me pregunto…” involucra a los niños como aprendices activos, y no como receptores pasivos.

_

 «No es nuestro trabajo tener las respuestas; es nuestro trabajo tener la conversación».

_v

Durante muchos años antes de convertirme en madre, trabajé en un campamento de verano donde dirigía un programa para estudiantes que ingresaban a la universidad. Cada verano, antes de que llegaran los nuevos estudiantes, reunía a mis 50 miembros del equipo al final de la capacitación y les daba un último consejo: “Las tres palabras más importantes que pueden decir esta semana son: ‘No lo sé’”.

Mi equipo estaba compuesto por estudiantes de cursos superiores, y con los años aprendí que a menudo llegaban sintiendo que debían ser capaces de responder cada pregunta de un nuevo estudiante con una respuesta clara y directa. Creo que lo mismo ocurre con los padres. Con frecuencia sentimos que debemos tener todas las respuestas, y el temor a nuestra propia insuficiencia intelectual puede llevarnos a cerrar muchas conversaciones con nuestros hijos.

Aquí está la buena noticia: no es nuestro trabajo tener las respuestas; es nuestro trabajo tener la conversación. Cuando tenemos la conversación y admitimos que no sabemos algo, especialmente en lo que respecta a nuestra fe, los niños aprenden la importancia de la humildad intelectual. Aprenden que está bien hacer preguntas. Aprenden que está bien descubrir respuestas con el tiempo. Aprenden que no hay fin a las conversaciones que pueden tener con sus padres, ni fin a las conversaciones que pueden tener con su Salvador.

+

Rachael Botting, Ph.D., es discípula de Jesús, madre de varones y académica-practicante en educación cristiana y ministerio al aire libre. Trabaja con Wheaton College (Illinois) desde 2014, donde actualmente es subdirectora del Proyecto Rhythms of Faith. Sus estudios doctorales en Biola University se centraron en los resultados únicos y transferibles de fe del campamento de verano, aunque disfruta leer, estudiar y escribir sobre diversos temas relacionados con la formación de la fe, la filosofía del ministerio y el papel de la experiencia en la educación cristiana. Vive en Palmyra, Nueva York, con su esposo y sus tres hijos pequeños. Es miembro de Cross Creek Church en la Conferencia Génesis.

Escritura Cristiana y Materiales de Discipulado

+150 años compartiendo nuestro mensaje único y distintivo.

ARTICULOS RELACIONADOS

¿Cómo has construido tus cimientos?

Cuando lleguen los tiempos difíciles, ¿te mantendrás en tierra firme? Por Nate Stuck

Una gran multitud: rompiendo las cadenas del racismo

Ven y deja que caigan las escamas. Una gran multitud: rompiendo las cadenas del racismo. Por Dale Kaufman